lunes, 26 de junio de 2017

Cómo Martín Lutero no revolucionó solo la religión, sino que creó la música de protesta. Artículo BBC.

Cómo Martín Lutero no revolucionó solo la religión, sino que creó la música de protesta 

Andrea Valentino 
BBC Culture

Todo el año 2017 está marcado por homenajes a Martín Lutero, a 500 años de su Reforma Protestante.


Decenas de nuevos libros sobre su obra han sido publicados y numerosas exposiciones se han inaugurado para recordarlo. Incluso la compañía de juguetes Playmobil lanzó una figurita a su imagen y semejanza. 

Nada de eso nos debe sorprender. Al ponerse en contra de muchas de las más importantes enseñanzas de la Iglesia Católica y publicar una traducción completa de la Biblia al alemán, Martín Lutero impulsó a Europa hacia el mundo moderno. 


Sin embargo, aunque su legado político y religioso todavía sigue moldeando al continente, su contribución a la música es menos conocida. 

De hecho, la música fue crucial para su ideología e influyó a cantantes radicales mucho tiempo después de su muerte.


La ruptura de un monopolio 


Antes de 1517, la Iglesia Católica controlaba la mayor parte de la música religiosa en Europa. 

La participación laica era mínima. En las iglesias, la mayoría de la gente escuchaba cantos llanos, interpretados en latín por un coro. 

Las obras de teatro que describían historias bíblicas introdujeron la religión al pueblo en sus propios idiomas, pero la música vernácula raramente cruzó la puerta de la iglesia. 




Lutero rompió esas estrictas divisiones y transformó la vida musical cristiana que, para él, no era solo para sacerdotes y coros distantes, sino que estaba "al lado de la teología" y era "un regalo de Dios". 

Y, como tal, debería ser accesible a todo el mundo. "Al embellecer y ornamentar sus melodías de forma magnífica, los cantantes pueden conducir a los demás hacia una danza celestial", dijo.

El canto en latín fue sustituido por el alemán cotidiano y ese estilo se convirtió en una parte clave de la identidad de sus seguidores.

"Su uso de los himnos alemanes fue una importante señal de cambio", explica Andreas Loewe, decano de la Catedral de San Pablo en Melbourne, Australia, y experto sobre Lutero.

"Era algo tan obvio como tener sacerdotes casados o poder recibir, siendo laico, una copa de vino en la Santa Comunión".

Y Lutero no solo promocionaba la música por razones abstractas de fe, sino que entendió su poder para difundir el mensaje.

Agregó letras religiosas a canciones tradicionales reconocibles, tal como sucedió en el siglo XX con We Shall Overcome ("Venceremos"), un tema de origen góspel, convertido en himno del Movimiento de los derechos civiles en EE.UU. 

Esa iniciativa fue especialmente útil en una época de ignorancia, pues incluso las personas analfabetas -cerca del 85% de la población alemana en 1500- podían aprenderse canciones y transmitirlas rápidamente. 


Música como mensaje 


Lutero se encargó personalmente de impulsar esos cambios, buscando que los niños aprendieran música en los colegios y trabajando con otros reformistas para producir himnarios protestantes. 



También escribió letras que "imitaban la forma de hablar de la gente", dice Loewe. El reformista declaró que tanto la música como las letras deberían "nacer de la verdadera lengua materna"." 

Ein Feste Burg ("Castillo fuerte") es típica de su impactante simplicidad: 

Castillo fuerte es nuestro Dios, 

defensa y buen escudo. 

Canciones como esa endurecieron los corazones de Lutero y sus amigos, quienes probablemente la cantaron en la Dieta de Worms (asamblea de príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico), cuando Lutero fue interrogado por Carlos V, entonces emperador del Imperio. 


¿Música de protesta? 


Es algo que tiene sorprendentes paralelos con movimientos de protesta más modernos. 

Como cuando, ante las reacciones violentas, los manifestantes en contra de la Guerra de Vietnam entonaron Give Peace A Chance ("Dale una oportunidad a la paz"). 

O en el caso de los activistas en contra del Apartheid que cantaron Soweto Blues después de una masacre racista en Sudáfrica. 


Pero aunque reconfortante para sus seguidores, los himnos de Lutero también atrajeron nuevos conversos.
La nueva música se propagaba de ciudad en ciudad antes de que las autoridades católicas pudieran silenciarla.
Y, como en otros aspectos de la Reforma, la imprenta fue clave.
"Los himnos de Lutero se vendían como panfletos y eran enseñados a ciudades enteras por cantantes itinerantes", apunta Loewe.
A veces los himnos trabajaban más rápido que él. En Magdeburgo la entonación colectiva de sus cantos logró convertir a la ciudad antes de la llegada del teólogo.
Pronto los himnos luteranos salieron de su bastión en Sajonia, pasando a ser cantados en zonas católicas y traducidos al inglés.
Todo eso tiene mucho en común con la música moderna de protesta.
Todo eso Al igual que el himno socialista, "La Internacional", se volvió famoso desde Madrid hasta Moscú, los himnos luteranos resonaron por toda Europa en solidaridad con aliados desconocidos.

Versiones y adaptaciones 


La música de Lutero siguió siendo popular después de su muerte.

Y, posteriormente, compositores protestantes también versionaron sus himnos.
Johann Sebastian Bach extendió Ein Feste Burg hasta convertirlo en una magnífica cantata de 30 minutos, mientras que Felix Mendelssohn lo agregó a su Sinfonía Nº 5, conocida apropiadamente como "de la Reforma".
Para el escritor del romanticismo alemán, Heinrich Heine, Ein Feste Burg fue nada menos que la "Marsellesa de la Reforma" que "ha mantenido hasta hoy en día su fuerza inspiradora".
Y como la verdadera Marsellesa, la música de Lutero ha demostrado ser infinitamente flexible.
Al igual que los monarquistas franceses y los socialistas franceses adoptaron ese himno revolucionario para sus propias causas, himnos como Ein Feste Burgsedesviaron de sus orígenes religiosos.
Richard Wagner recordó la canción en una pieza que celebraba la victoria prusiana contra Francia en 1871.
Más tarde los nazis justificaron el terror, haciendo un mal uso de la referencia bíblica de Lutero al "antiguo enemigo malvado".
Sin embargo, la música luterana nunca perdió su fuerza radical.
Durante la revolución de 1848, los liberales cantaron una nueva versión de Ein Feste Burg para promocionar la "libertad" y la "verdad".
En la década de 1880, los socialdemócratas alemanes reescribieron el mismo himno para incluir referencias a los derechos humanos.


Y un siglo más tarde, los opositores a la construcción de una nueva planta de desechos nucleares utilizaron Ein Feste Burg para atacar a la "policía armada".
"Al igual que el reformista tomó melodías conmovedoras componiéndoles nuevas palabras, muchos movimientos de protesta usaron sus canciones para promocionar otras ideas diferentes", señala Loewe.
Sin embargo, si bien Martín Lutero ayudó a impulsar la música de protesta moderna, aun provoca momentos de contemplación privada.
"No paso un solo día sin escuchar algún coral luterano", señala Martin E. Marty, un erudito religioso.
Y Andreas Loewe concuerda.
"Me gusta mucho cantar", dice.
"Ya sea como parte de nuestros rezos en la Catedral de San Pablo o con amigos, o participando en el Coro de la Orquesta Sinfónica de Melbourne, comparto la creencia de Lutero de que la música es 'un bello e invaluable regalo de Dios'".

http://www.bbc.com/mundo/vert-cul-40114161

jueves, 25 de mayo de 2017

Entrevista al historiador Gabriel Di Meglio. Diario Página12

Es una entrevista que tiene algunos años pero sirve para comprender en profundidad la Revolución de Mayo

DIALOGOS › GABRIEL DI MEGLIO, UN HISTORIADOR DE LA PARTICIPACION POPULAR EN LA REVOLUCION DE MAYO

“Cuando participan, los sectores populares lo hacen con alguna intención”


French y Beruti fueron los dos grandes agitadores de los revolucionarios. Dorrego y Rosas, los primeros caudillos populares. Di Meglio señala que al caer el rey frente a Napoleón, la soberanía vuelve a los pueblos y así surgieron las Juntas en España y en América.



 –¿Cuándo empieza para usted el proceso revolucionario?

 –La revolución comenzó con la crisis de la monarquía española. La invasión francesa en 1808, que capturó al rey Fernando VII e hizo que se generara en España un movimiento de resistencia, porque Napoleón Bonaparte, el invasor, le quitó la corona al rey y se la dio a su hermano, José Bonaparte. Entonces, la idea que se instaló era que la soberanía vino de Dios a los pueblos que forman la monarquía y esos pueblos se la dieron al rey. Y si no había rey, la soberanía volvía a los pueblos. Los españoles que viven en España empezaron a aliarse contra los franceses. Y las ciudades españolas hicieron Juntas, para conservar la soberanía del rey mientras éste no estuviera, que se agruparon en la Junta Central de Sevilla.

–¿Y en América qué pasaba en ese momento?

–En América, la mayor parte del imperio aceptó que esa Junta Central de Sevilla reemplazara al rey, por lo cual, en 1808, prácticamente no cambiaron las cosas. En general, la gente decía: “Queremos que vuelva el rey”. Había un patriotismo hispano muy fuerte. Dos años después, las cosas cambiaron porque el territorio español cayó bajo el dominio francés. Ya no quedaba Junta Central de Sevilla. Era el apogeo de Napoleón, que no parecía algo pasajero, sino catastrófico. En muchas ciudades americanas se hizo lo mismo que en España dos años antes. Y se pensaba: “La soberanía la tiene el rey porque se la dieron los pueblos. Sin rey, la soberanía vuelve a los pueblos”. Cuando llegó la noticia de la caída de España, en algunas ciudades americanas se formaron Juntas: en Caracas en abril de 1810, en Buenos Aires el 25 de mayo, después en Santiago de Chile y en Cartagena y Bogotá, que ahora son Colombia, en parte de México también.

 –¿Cuál era el espíritu de esas Juntas?

–Al principio, no eran independentistas, sino autonomistas. Buscaban un autogobierno, que no era incompatible con la monarquía. Con la Revolución se dieron varias cosas. Por un lado, no todos aceptaban el principio juntista y comenzó a haber una guerra –en un comienzo modesta aunque cada vez más compleja– entre los partidarios de las Juntas nuevas y los que seguían siendo leales al Consejo de Regencia español. Si bien el factor que provocó la revolución era el mismo para todos, de acuerdo con las situaciones locales previas, los derroteros posteriores de cada movimiento revolucionario fueron diferentes. En América había muchas tensiones raciales y sociales, que se activaron cuando se produjo la revolución. La americana era una sociedad con muchos conflictos, había tensión entre los indígenas, los dominadores y los esclavos.

 –¿Por qué algunos investigadores dicen que no fue efectivamente una revolución lo que se produjo en 1810?

–Antiguamente, los sectores más liberales, e incluso los nacionalistas, pensaban que la revolución fue un intento de los criollos de liberar e independizar a la Argentina, que estaba oprimida por España. Lo cual habla de una conciencia de los criollos de lo nacional, que es la idea de Mitre y que, desde 1870 en adelante, fue retomada hasta el hartazgo por distintos historiadores y volcada en la enseñanza pública: la idea de que los argentinos nos emancipamos. Hoy, las investigaciones demostraron que no existía una conciencia nacional, todos se consideraban americanos. Las identidades nacionales se crearon luego de 1810, en buena medida durante la guerra de la Independencia, con nuevos agrupamientos y con lo que luego fueron las naciones hispanoamericanas. Desde la izquierda, que nunca fue muy influyente en la Argentina, algunos discutieron si fue una revolución burguesa y otros directamente negaron cualquier hecho revolucionario. Yo creo que fue una revolución porque hubo una transformación muy fuerte. Si uno se ubica en 1810 y luego en 1820, que es cuando termina la guerra de Independencia, se ven algunos cambios muy fuertes.

 –¿Como cuáles?

–Cambiaron las razones por las cuales se manda y se obedece. Ya no se es súbdito de un rey, el pueblo manda a través de sus representantes.

 –Además porque diez años era un lapso muy corto para aquel momento.

–Fue muy rápido y no había demasiados antecedentes; el más cercano era el de Estados Unidos, que se había hecho república unos años antes. América era vista como una regeneración de Europa, como la tierra de la libertad. Mientras que Europa aparecía como algo atrasado. El otro cambio fundamental fue económico. Toda la economía consistía en alimentar ese centro minero del Alto Perú, sobre todo Potosí, y exportar plata. En Buenos Aires, el 80 por ciento de la exportación en la época colonial era plata. Con la guerra, Potosí quedó del lado realista y la economía se transformó notablemente. Se pasó a la exportación de bienes primarios, lo que después fue agrícola-ganadero, que en ese momento era sólo ganadero. Eso supuso un cambio grande en la cúspide social, si los grandes comerciantes habían sido la clase dominante en el período colonial, a partir de allí se abría la puerta para que lo fueran los terratenientes, que en el período colonial eran un sector intermedio. El otro punto revolucionario es el final de las desigualdades sociales y raciales legales, salvo la esclavitud.

 –¿Sólo en términos legales?

–Las diferencias sociales y raciales siguen hasta la actualidad, pero entonces dejaron de ser legales. A partir de la revolución, todos somos iguales ante la ley. Así como en España, la sangre de los judíos o los moros “no era limpia”, en América, el que no tenía sólo sangre española o india tampoco era puro. Los indios también eran considerados puros, inferiores pero puros. Las mezclas eran castas y éstas eran legalmente inferiores: no podían usar armas ni hacer apuestas de ningún tipo. La revolución rompió con eso, no de hecho, pero sí de derecho. La libertad de vientre hizo que la esclavitud empezara a caer como institución. Aunque se terminó recién con la Constitución nacional de 1853. El otro punto que para mí la hace una revolución es que fue vivida por todas las clases sociales de ese momento como un antes y un después, ellos decían que fue una revolución. Y en la historia lo determinante es la experiencia humana.

 –¿A qué se refiere usted cuando habla de “bajo pueblo”?

 –Esa sociedad que hizo la revolución estaba fuertemente dividida. Una división muy grosera y amplia era entre gente decente, que tenía respetabilidad y dinero, y la plebe o el bajo pueblo, que no eran respetados por su color de piel. Ser blanco era ser considerado blanco por los demás, no hacía falta serlo realmente, porque no había forma de medirlo. De hecho, Rivadavia era bastante moreno. En distintos lugares de América, había gente que nacía de color y moría blanca: cambiaba de lugar, conseguía dinero y compraba su blanquitud.

¿Cómo estaba conformado el bajo pueblo?

–Era un sector muy amplio de gente que tenía las ocupaciones más pobres: jornaleros, peones, lavanderas, planchadoras, los que trabajaban en el matadero, los que bajaban de buscar agua y los que, en los actos escolares, aparecen vendiendo mazamorra. Además de ser el piso social, tenían muchas diferencias entre sí, era un conglomerado muy heterogéneo que los de arriba aglutinaban en la plebe.

 –¿Cómo surge ese nombre?

–Es un término que existía en la época para diferenciar. Pueblo era una palabra polisémica. Quería decir ciudad y también se refería a los que viven en esa ciudad. A veces incluía a los vecinos, que tenían cierta respetabilidad social, y otras incluía a todos. Todas esas acepciones estaban en el diccionario de esa época. Encontré un caso de gente gritando “Viva el bajo pueblo”. Fue la única vez que encontré a alguien autoproclamándose con una identidad popular. Es muy difícil encontrar que ellos mismos se llamen de alguna manera.

 –¿En qué circunstancias se dio eso?

–En unas elecciones, después de la revolución, entre federales y unitarios. En ese momento gobernaba Dorrego. Sus enemigos le decían el tribuno de la plebe y sus seguidores, el padre de los pobres. Dorrego había aprendido a hacerse un capital político popular, escuchaba los reclamos populares y, cuando fue diputado, los llevó a la Legislatura. Los federales eran vistos como populares y los unitarios como aristócratas. En esas elecciones, los seguidores de Dorrego gritaban: “Viva el bajo pueblo, mueran los de casaca y levita”, que eran las prendas de la elite. En Buenos Aires, era muy barato comer en esa época, pero era muy caro vestirse. De allí la idea del descamisado, el que no tiene camisa, porque se le rompió o porque la fue arreglando y quedó hecha jirones.

 –¿Qué rol tuvo el bajo pueblo en la revolución?

–Cuando se estudia estos períodos se sigue poniendo el énfasis en los grandes personajes, San Martín, Moreno, Saavedra, Belgrano, que sin dudas fueron los líderes del proceso. Pero si sólo se los sigue a ellos, uno se queda con una mirada sesgada de la historia. En la revolución rioplatense, si no se estudia la participación del bajo pueblo no se entiende la revolución, porque participaron activamente. Tal vez de manera subordinada, pero no por eso menos importante.

 –¿Hay algún antecedente de la participación de esos sectores?

–Sí. Con las invasiones inglesas se habían formado milicias voluntarias en las cuales ingresó mucha gente del bajo pueblo. Consiguieron un trabajo, que fue convertirse en milicianos, no en militares. Era gente que defendía la ciudad y tenía una paga por eso. Allí comenzó a activarse la participación en la cosa pública, aunque no necesariamente política. Cuando llegó la revolución a Buenos Aires había una experiencia previa, que facilitó que estos sectores se politizaran rápidamente.

 –¿Qué rasgos tiene ese proceso de politización?

–Era una época muy compleja. No había dos grupos que se fueron reproduciendo, sino que fueron surgiendo nuevos. A veces se simplifica diciendo que el origen de los problemas argentinos estaba dado por la división entre el grupo de Moreno, que seguía un cambio más radical y transformador, y el grupo de Saavedra, que era revolucionario pero quería básicamente un cambio de gobierno. Esa división duró dos años, después hubo otros grupos que entraron en acción. Esa división tenía un gran problema.

 –¿Cómo se dirimió ese problema?

 –No había reglas claras de competencia. En una revolución no hay elecciones. Sobre todo, no había lo de antes: si un grupo tenía un problema con otro acudían a España, que era la metrópolis imperial y dirimía qué grupo tenía razón. Como no había más imperio, no había manera de decidir quién ganaba. Esa ruptura hizo que se empezara a buscar capital político hacia abajo, para definir un conflicto. Y eso era básicamente movilización. La calle. Eso les dio entrada abierta a los sectores populares para participar en la política de manera decisiva.

–¿Es posible ubicar algún momento que diera comienzo a esa participación?

–El más famoso fue el 5 de abril de 1811, cuando el sector saavedrista logró movilizar a los que llamaba “los hombres de poncho y chiripá”, que vivían en los suburbios de Buenos Aires, para echar a los morenistas. Fueron a la Plaza de la Victoria –hoy Plaza de Mayo– y pidieron “que se vayan”. En realidad no fueron sólo a eso. Los sectores populares, cuando participan, tienen una intención, no van como ovejas porque alguien los llamó. En el petitorio, echar a los morenistas aparecía recién en quinto lugar. El punto número uno dice: “Queremos que se eche a todos los españoles de la ciudad”.

 –¿Por qué estaban contra los españoles?

–El bajo pueblo era antiespañol, a diferencia de la clase alta que estaba muy ligada a los españoles, porque eran familiares y por otras conexiones muy concretas. En cambio, en el sector popular había mucho resentimiento con los españoles, porque siempre habían tenido ventajas de todo tipo: comerciales, laborales, matrimonial. Ese resentimiento se politizó con la revolución.

 –¿Es posible establecer momentos en los que esta participación popular haya sido más alta?

–1811 y 1812 son años muy fuertes. Con la guerra había mucha efervescencia. Por ejemplo, en diciembre de 1811 hubo un motín de los Patricios, que pedían que se los tratara como milicianos y no como soldados, es decir que les mantuvieran sus derechos como gente de la ciudad. Los mataron, pero fue un levantamiento protagonizado por gente popular, no intervinieron miembros de la elite.

 –Es decir que se definió con las armas.

–Sí. En 1819 hubo algunos levantamientos de la milicia negra, integrada por negros y pardos, pidiendo lo mismo: “Que nos traten como ciudadanos y no nos manden a pelear afuera, porque nosotros somos de la ciudad”. En ese caso no se definió de manera armada. Hubo una negociación y los desarmaron, pero ellos se levantaron con las armas en la mano. En 1812, hubo varios momentos de convulsión. A Rivadavia, que era secretario del Triunvirato, lo persiguieron en la calle y lo zarandearon pidiéndole que tuviera mano dura contra los enemigos de la revolución. Ese fue el momento de mayor efervescencia colectiva. En los cambios de gobierno de 1815, 1819 y 1820 hubo mucha participación popular. Eso impidió que la elite lograra consensuar un orden, porque había una activación previa. Rosas fue quien entendió esto mejor que nadie.

 –¿Por qué?

–En 1829 le dijo a un enviado diplomático uruguayo que él era un hombre de orden, pero que se había dado cuenta de que no se podía gobernar en el Río de la Plata sin tener una ascendencia popular. Por eso se convirtió en un tribuno, una persona que se relacionaba mucho con los sectores más bajos. De hecho, fue el único que logró controlar esa movilización.

 –Entre 1810 y 1820, usted menciona varias fechas pero no hace referencia a 1816, ¿cómo se inserta ese año en el proceso revolucionario?

–1816 no es un momento de mucha importancia en Buenos Aires, aunque sí para el conjunto, porque se declaró la Independencia. Entre 1810 y 1815 se dio el momento más radical de la revolución. Dicho en términos muy simplificados, en 1811 hubo un intento de moderar las cosas cuando triunfaron los saavedristas. Pero en 1812, los seguidores de Moreno, que ya había muerto, dirigidos por Bernardo de Monteagudo –el más radical de los revolucionarios locales—, formaron la Sociedad Patriótica, un grupo que quería muchos cambios. Se juntaron con un grupo de oficiales que venía de pelear contra Napoleón en España, entre los que estaban San Martín y Alvear, y crearon la Logia Lautaro.

 –¿Cuáles eran los rasgos centrales de la Logia Lautaro?

 –Era un club secreto, de tipo masónico. No se sabía qué discutían porque no dejaban constancia. Formaron un movimiento que pedía que cayera el gobierno, que de hecho cayó, y se creó al Segundo Triunvirato. Entre octubre de 1812, que subió el Segundo Triunvirato, hasta abril de 1815, fue el período en el que la Logia Lautaro dirigió la revolución. Ese grupo, que tomaba las medidas más radicales hasta ese momento, no promovió ningún tipo de movilización popular. Como ellos conocían la experiencia francesa y querían evitar la agitación popular, decían que hacían “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Moreno también tenía la idea de que una minoría tenía que gobernar, porque sabía lo que les convenía a los demás. Era una idea de vanguardia revolucionaria. Esa elite, que dirigió la revolución durante los años ’12, ’13 y ’14, tomó las medidas más radicales. La Asamblea del año ‘13 decidió que no hubiera más títulos de nobleza, ni más Inquisición ni más tortura legal y que hubiera libertad de vientre. Todo el mundo esperaba que declarara la Independencia y se redactara una Constitución. Pero lo que sucedió ese año no puede tomarse en forma aislada.

–¿En qué sentido?

–Ese año sucedió algo que parecía increíble: Napoleón empezó a perder. Y los revolucionarios locales propusieron pelear y ver qué pasa. Además, en 1814, el rey Fernando VII volvió al trono. Pero el rey no negociaba nada, quería obediencia total. Los contrarrevolucionarios empezaron a ganar en toda América. El único territorio que quedaba libre en 1815 era el Río de la Plata. Era una revolución dividida en dos y aislada. En Europa era el momento de la restauración. Se restituyeron las monarquías absolutas. Fue por un breve tiempo, pero nadie sabía qué iba a suceder. Aquí hubo muertos, exiliados, confiscación de bienes. El sector que dirigía la revolución cayó por el descontento que se vivía en todos lados. Había una crisis general y se reorganizaron con un Congreso en Tucumán.

 –¿Por qué en Tucumán?

–Para limar algunas asperezas. El grupo que dirigió ese Congreso era más conservador del que había dirigido la revolución, pero no le quedó otro remedio que declarar la Independencia. Aunque, al día siguiente, sacó un comunicado que decía: “Fin de la revolución, principio del orden”.

 –¿Qué rol jugó el bajo pueblo en la guerra de la Independencia?

–El bajo pueblo sufrió mucho con la guerra de Independencia. Al principio hubo mucho entusiasmo con la revolución, pero, con el correr del tiempo, la guerra se complejizó. Los integrantes de la Logia Lautaro, militares profesionales, sabían que la guerra requería una movilización masiva. E hicieron un reclutamiento forzoso –a la gente la agarraban en la calle para pelear– y eso los debilitó. Eran campañas larguísimas. Ir a pelear al Alto Perú significaba ir caminando de acá hasta Bolivia. Hubo un regimiento de negros que luchó en Lima; se fueron en 1815 y volvieron en 1825. Y las mujeres quedaban a cargo de los hogares, del trabajo, se les morían sus maridos, sus hijos.

 ––¿Hay algún personaje de esa movilización popular que se haya institucionalizado?

–Hay un par. El sargento Cabral, que murió en la batalla de San Lorenzo, era negro mestizo y correntino. Falucho, que tiene un monumento en Buenos Aires, era un negro que no quiso entregar la bandera. Pero es difícil reconstruir la historia de esa gente, porque no dejó testimonio escrito. Lo que hay es gente que construyó su historia política en interacción con sectores populares.

 –¿Como quiénes?

–French y Beruti eran agitadores. Cuando firman el petitorio pidiendo que hubiera una Junta, cada uno firma “por mí y por 600 más”. Dorrego fue el primer gran político popular de Buenos Aires y, más tarde, Rosas.

 –¿Por qué se marca el año ’20 como el fin de la revolución?

–En 1820 terminó la guerra y cayó el poder central, que había tenido sede en Buenos Aires. Quedaron provincias sin conexión legal. Usamos esa fecha porque comenzó el proceso de constitución de un país. Y porque muchas cosas que se discutieron durante la revolución –si independencia sí o no, si monarquía o república–, en 1820 estaban definidas. En el ’20 se discutía si el país sería unitario o federal, no republicano. Ya era una república. Y los cambios que se dieron se tornaron irreversibles.

 –¿Qué situaciones, en términos políticos y económicos, ya eran irreversibles?

–La actividad económica pasó a ser la tierra, sobre todo, la explotación ganadera en el Litoral y el interior hacía lo que podía. Había libre cambio con Inglaterra y con cualquiera que quisiera comerciar. El comercio pasó a manos de los ingleses, a partir de entonces. Los terratenientes eran el nuevo grupo peligroso de la provincia de Buenos Aires. Y las elites, de a poco, fueron reconstruyendo el orden.

https://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-146245-2010-05-24.html

lunes, 8 de mayo de 2017

Historias de hijos de desaparecidos

EDICIÓN IMPRESA


Miedo al futuro: historias de un horror que vuelve como la peor pesadilla 

Por Franco Mizrahi 
7 de Mayo de 2017

Alejandra Santucho, Ana Testa, Carlos “el Sueco” Lorkipanidse, Manuel Gonçalves Granada y Guillermo Pérez Roisinblit relataron sus experiencias.


La justicia desaparecida 


A Alejandra Santucho, integrante de HIJOS-Bahía Blanca, le cuesta no quebrarse. “Estos momentos son tremendos”, explica a días de conocerse el fallo de la Corte que podría favorecer, entre otros, a Miguel Etchecolatz.  

Alejandra sufrió el asesinato de sus padres y el secuestro de su hermana Mónica, de apenas 14 años. Su caso integró el juicio ‘Circuito Camps’. Además, por ser menor, era buscada por Abuelas. “Es uno de los 122 casos que no tuvo final feliz -explica su hermana-. Pero logramos que esté enterrada en un cementerio de Bahía Blanca –de donde son oriundos los Santucho- adonde podemos llevarle una flor”.  

“Su único pecado fue ser hija de mis viejos. Fue torturada, violada. Los testigos que estuvieron con ella rescataban que lo peor que les había pasado durante su cautiverio fue cruzarse con mi hermana, una niña, en un CCD”, narra Alejandra. Santucho tenía 10 años y estaba jugando en la casa de enfrente cuando se desató el operativo, en La Plata. “Yo fui testigo en el juicio. Vi cómo se llevaron a mi hermana”, cuenta Alejandra. Santucho recuerda “un operativo muy grande en Melchor Romero”. Su hermana estaba con su hermano y un bebé –de una familia vecina- con sus padres en una casa. “Mi mamá grita que por favor no disparen y que dejen salir a los chicos. Los únicos adultos eran mi papá y mi mamá. Yo estaba en la casa de enfrente. Cuando mi mamá grita yo me escapó y veo salir a Mónica, con mi hermanito y con el bebé en brazos. Veo cómo se lo sacan se lo llevan para un costado y a ella la suben a un auto. Después vuelve la balacera. A mis papás los matan ahí”, relata Alejandra.  

Según pudieron reconstruir, Mónica pasó por la comisaría 5ta. de La Plata y el Pozo de Arana. En el 2009 recuperamos sus restos por medio del EAAF. Estaban en el cementerio de Avellaneda.  

“Nos entregaron su cuerpo fusilado. El EAAF ofrece ver los restos antes de entregar la urna y con mi hermano decidimos verlos. Nos presentaron el cuerpo en una camilla. Estaba entero, con todos los huesitos. El esqueleto de Mónica tenía los dos brazos y las costillas, arriba, a la misma altura, todo quebrado. Preguntamos y en el EAAF nos dijeron que eso fue producto de una ráfaga de ametralladora a corta distancia”, rememora Alejandra.  

“Era algo que en algunos otros cuerpos se repetía. Con esas –y otras- pruebas el caso de Mónica fue uno de los que permitió condenar a genocidas como Etchecolatz. Hubo26 genocidas condenados en la causa ‘Circuito Camps’”, agrega. Con el fallo de la Corte, Alejandra siente “una gran desazón, una gran impotencia y siento que toda esa justicia que habíamos logrado hoy está pisoteada, mansillada, picaneada, desaparecida, nos está faltando esa justicia”, dice. “No tengo palabras para describir lo que hizo la Corte”, agrega. “Jamás pensé que nuestros hijos iban a tener que lidiar de vuelta con los genocidas sueltos”, concluye. « 

La promesa  


Ana Testa es sobreviviente de la ESMA y aún recuerda una “frase hermosa de Adriana Calvo, en el Juicio a las Juntas. Palabra más, palabra menos, ella contó que se había hecho una promesa: si su hija salía con vida de semejante horror ella no iba a descansar ni un día de su vida para que estos tipos estuvieran en la cárcel”. Y eso hicieron junto con Adriana y muchos más, de forma colectiva. Por eso asegura que ahora no bajarán los brazos aunque la patota de la ESMA que la secuestró y la torturó pueda beneficiarse con el 2x1 de la Corte y quedar en libertad.  

Ana fue secuestrada en 1979 y sufrió la desaparición de su compañero, Juan, quien falleció durante la “Contraofensiva Montonera”.  

“El día de mi secuestro, yo había dejado un papelito en casa para mi mamá que decía que estaba enfrente en la peluquería. Los secuestradores llegaron antes que mi madre y me fueron a buscar. Forcejaron conmigo porque yo no quería entregar a la nena, Paulita, de 3 años, y grito hasta que viene uno de la patota, ‘El Gordo Daniel’, que me arranca a la nena y me tira al piso de un Ford”, relata Ana. 

“Mi mamá y la nena vivían en Santa Fe. A los dos días las dejan viajar y ambas se van de Buenos Aires. A mí me pegan y me torturan. Yo decía que era la ‘mujer de’”, continúa su relato. Pero esa coartada fracasa y a los 10 días los represores rastrean su trayectoria de militancia. Entonces, las torturas se agudizaron.  

“Me tiran por las escaleritas de ‘Sótano’ y voy a parar a la ‘Huevera’ de la ESMA donde estuve 4 días. Me hacía las necesidades encima y como metodología de tortura me pasaban la materia fecal por los ojos y el pecho, con picana. Así fue durante bastante largo. Ahí dudé si iba a seguir con vida”, narra Ana. Finalmente, Ana logró sobrevivir. En el ’80 la liberan. Pero siguió bajo control de la patota de la ESMA. 

“Lo tenía a Cavallo cada mes en mi casa, en Santa Fe. La última vez que vino al pueblo fue el día que mataron a Somoza. Yo estaba en el patio escuchando la radio y cuando entro feliz a compartir la noticia con mi madre, veo que en el comedor estaba sentado este tipo. Lo primero que me dijo con una sonrisa fue: ‘No te recuperamos mucho’”.  

Ana también recuerda que se anoticio de “la caída de mi compañero por Cavallo. Me dijo: ‘Si hubieras delatado a tu compañero en la ESMA él estaría con vida’. Yo he pagado muchas sesiones de terapia para no sentirme culpable”, cuenta Ana. Luego la “custodia” sobre Ana recayó en el represor Venazzi Berisso, quien se murió antes de que comenzaran los juicios. 
La última noticia de la patota de la ESMA que tuvo Ana fue camino al Tigre cuando por sorpresa, Donda le cruzó un auto y la increpó, preguntándole adonde se dirigía. Ya corría 1983. 

“Yo le tengo miedo al futuro –dice Ana- no por mí, yo ya estoy jugada. Temo por los jóvenes, por todo lo que puede pasar con estos tipos sueltos”. 

La segunda “A” de Atlántico  


“Yo estuve secuestrado en la ESMA dos años y tuve la desgracia de que junto conmigo secuestraran a mi mujer y mi bebé de 20 días. Eso hizo todo más dramático y pesado”, cuenta Carlos “el Sueco” Lorkipanidse, sobreviviente del centro clandestino de detención que funcionó en la ESMA. 

Carlos militaba entonces en la Juventud Peronista y fue capturado en Muñiz y Carlos Calvo, en noviembre del 1978. “Estaba caminando por la calle. A la luz del mediodía. Y había gente. Que salió espantada para todos lados”, rememora. 

El Sueco llegó a ser torturado con corriente eléctrica en una cama metálica con su bebé en el pecho. Todo para que ‘cantara’. Esos represores fueron beneficiados por la el máximo tribunal de (in)justicia del país. “En la ESMA vi a todas las bestias: Acosta, Febres, Azic, Astiz, quienes usaban nombres falsos y de animales (Piraña, Tigre, Cuervo). Dediqué buena parte de mi vida a perseguir a cada uno de ellos hasta que terminasen presos”, asegura. Uno de esllos fue el Jorge “Tigre” Acosta, conocido en la ESMA como “el señor de la vida y la muerte”. “Él solía decir que era ‘jesucito’ porque decidía quién vivía y quién moría. A veces se presentaba como el ‘César’ con el pulgar hacia arriba o hacia abajo. A mí me dijo en una ocasión: ‘Vos vas a ir a parar a la segunda A de Atlántico’. Yo no sabía en aquel entonces que arrojaban a la gente viva al mar. Pero una vez que ingresé en su oficina vi que tenía un mapamundi y comprendí que la ‘segunda A de Atlántico’ quedaba en el medio del Océano. Ahí entendí el destino de todas las personas que pasaron por la ESMA antes que yo”, recuerda Carlos. 

Lorkipanidse estuvo secuestrado en la ESMA hasta 1981. Después continuó bajo “libertad vigilada” hasta el 1983 cuando gracias a las Madres de Plaza de Mayo y Adolfo Pérez Esquivel logró salir a Brasil y de ahí a Suecia. “Por eso me llaman ‘Sueco’”, explica. Desde aquel entonces su ex mujer y su primer hijo viven allí. “Yo volví”, cuenta y añade que borró Suecia de su memoria porque “fue muy doloroso”. “Esto que hizo la Corte para mi es un nuevo indulto –afirma- y abarca a la ‘oficialidad’ joven de aquel entonces”. “Está gente saldrá y morirá en libertad y no se lo merecen. Deberían morir en la cárcel”, agrega. “Creo que esto no va a pasar inadvertido, la sociedad tiene una reserva moral". 

“¿Por qué está ocurriendo todo esto?”, se pregunta el Sueco. No logra descifrarlo aún pero cree que alguien tiene que haber promovido el fallo de la Corte, más allá de los tres jueces que rubricaron el 2x1. « 

La amenaza 


“Yo desaparecí con 8 meses de gestación, no le había hecho mal a nadie. Desaparecí 21 años. Cambiaron mi fecha de nacimiento, mi historia, mis padres, me negaron que tenía una hermana, me crié como hijo único”, afirma Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit.  

Guillermo nació en el centro clandestino de detención que funcionó en la ESMA durante la última dictadura cívico-militar. Sus padres, Patricia y José Manuel, fueron asesinados y permanecen desaparecidos. Él fue apropiado por el agente civil de la Fuerza Aérea Francisco Gómez, y recuperó su identidad en el 2000. Guillermo aún recuerda las palabras que Gómez le espetó a fines de diciembre de 2003, desde la cárcel: “Cuando salga tengo una bala para vos, para tu hermana y tus dos abuelas”. 

“Lo tenían con vino, asados y mujeres. Él estaba borracho y empezó a culparme de su estado privación de la libertad. Insultos de por medio me amenazó”, rememora. “En ese momento me pregunté: ¿‘Qué estoy haciendo acá? Para mí fue un punto de quiebre”, asegura. 
Tras el acercamiento de Guillermo a Abuelas, su apropiador se quebró y le reconoce que es hijo de desaparecidos: “Me dice que mis padres estuvieron secuestrados en el epicentro de lo que era la represión en la zona oeste: la Regional de Inteligencia Buenos Aires (RIBA), donde él trabajaba. Me relató que a él le tocaba custodiar a mis viejos, que a mi papá le pegaban mucho, que a mi mamá le pasaban de contrabando leche y huevo duro y que le sacaban a pasear tabicada por el RIBA. Me juró que estando embarazada nunca se le hizo daño”. Gómez ya cumplió la condena por la apropiación de Guillermo pero el año pasado fue juzgado por la desaparición de sus padres. Está con prisión preventiva desde 2013 y podría beneficiarse con el 2x1. “No me hace bien pensarlo en libertad caminando por la calle”, cuenta Guillermo, nieto de la vicepresidenta de Abuelas Rosa Roisinblit. « 


"Un bebé oculto en un placard" 


“Nací en junio de 1976, no sé dónde. Entiendo que fue entre Buenos Aires y Rosario”, asegura Manuel Gonçalves Granada.  

“Yo restituí mi identidad a los 20 años (en 1997). Mi papá y mamá fueron asesinados durante la dictadura. Primero, secuestraron a mi papá Gastón, el 24 de marzo de 1976. Mi mamá, Ana María, estaba embarazada de 5 meses. A partir de la desaparición de mi papá, mamá se va de los lugares que frecuentaba en Buenos Aires y empieza a peregrinar para ocultarse”, relata. 

“Salvo una comunicación con mi abuelo, mi mamá no volvió a tener contacto con la familia y no se supo más de ella”, cuenta Manuel. 

La reconstrucción de Granada Gonçalves se remonta al 19 noviembre de 1976. “Estábamos en una casa con la familia Amestoy Fettolini cuando las fuerzas conjuntas del Ejército, la Policía Federal y la Bonaerense rodean la vivienda y la destruyen con granadas y ametralladoras. Asesinaron a toda la familia Amestoy Fettolini (la pareja y los dos hijos, Fernando y María Eugenia, de 3 y 5 años) y a mi mamá, quien recibió 14 disparos de ametralladora. Tenía 23 años. Yo tenía 5 meses en ese momento. Estaba adentro de un placard, en la habitación donde estaba mi mamá, con almohadones. Así estuve protegido de los gases lacrimógenos. Fui el único sobreviviente. El placard también tenía disparos de ametralladora. De ahí me llevaron al hospital porque estaba con un principio de asfixia. De la casa salimos con vida María Eugenia (5) y yo pero María Eugenia no sobrevivió”, narra la tragedia Manuel.

“Estuve en un hospital aislado del resto de los niños con custodia policial permanente hasta que en febrero de 1977, el juez de menores Juan Carlos Marchetti me entregó en adopción a una familia que no tenía vínculos con la dictadura sino más bien con el juez. A partir de ahí perdí toda posibilidad de mantener mi verdadera identidad”, continúa el nieto recuperado.  

Poco después, se encontraron los restos del padre de Manuel en el cementerio de Escobar. “Estaban en una fosa común con otros tres cuerpos. El intendente de Escobar en ese momento era Luis Patti, hoy condenado no solo por el asesinato de mi papá sino por otros casos también”, relata Gonçalves Granada.  

Patti integra la lista de 278 represores que podría beneficiarse con el 2x1. « 

https://www.tiempoar.com.ar/nota/miedo-al-futuro-historias-de-un-horror-que-vuelve-como-la-peor-pesadilla

domingo, 26 de marzo de 2017

¿Por qué vuelven los 70?


GALTIERI O EL PATO DONALD


¿Por qué vuelven los 70? 

Por Federico Lorenz

Desde el inicio del gobierno de Cambiemos, sectores antes relegados se sienten más libres para cuestionar la idea de un plan sistemático por parte de la dictadura cívico-militar, negando verdades probadas por la Justicia, fundantes de la democracia argentina.


El retroceso presidencial en la decisión de declarar “móviles” los feriados del 24 de marzo (aniversario del golpe militar de 1976) y el 2 de abril (aniversario del desembarco argentino en las Islas Malvinas en 1982) generó una serie de polémicas que trajeron a escena disputas relativas a la historia reciente. Se trata de dos fechas fundacionales de la actual democracia. El repudio a la dictadura, el rechazo a la violencia política y la revisión del pasado mediante la justicia se condensan en la primera. La segunda remite a un viejo reclamo territorial y a una causa nacional, en el marco de la cual el gobierno militar produjo un hecho político que desembocó en un desastre militar y en su entrega apresurada del poder. “La dictadura” y “Malvinas” están íntimamente unidas: son –y serán por muchos años– la puerta de entrada para revisar nuestro pasado reciente." 

Desde el inicio del gobierno de Cambiemos hay sectores, relegados hasta hace poco pero siempre activos en sus emprendimientos de memoria, que sienten que disponen de un mayor espacio para hacer valer sus deseos y visiones sobre el pasado. Mientras que algunas de esas opiniones apuntan a señalar huecos y debilidades en la información pública sobre esos años, otras directamente son negacionistas: relativizan lo que la justicia ya probó en juicios y lo que sancionaron leyes y políticas de Estado. En conjunto, cuestionan la idea de un plan sistemático por parte del gobierno cívico-militar, reivindican el accionar de las Fuerzas Armadas y de Seguridad en la “guerra contra el terrorismo” e impugnan la recuperación más o menos idealizada de la experiencia política de los años setenta. Para hacerlo, enfatizan en las víctimas de la violencia guerrillera y en su bestia negra más reciente: el kirchnerismo. 

Es lógico que los cambios de coyuntura generen discusiones sobre el pasado; lo que no es aceptable es que se cuestionen verdades probadas y condenadas en juicios que fueron fundantes para una sociedad. No se puede hablar de “opiniones” en relación con posturas negacionistas de hechos aberrantes que la Justicia condenó. En un proceso de memoria crítico y reflexivo debe haber espacio para el arrepentimiento y el perdón. Pero de eso, aquí y ahora, hay muy poco. 


Jalones 


En enero de 2016, quien abrió el fuego fue el entonces ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, al señalar que “en Argentina no hubo 30.000 desaparecidos” y que esa cifra “se arregló en una mesa cerrada” con el fin de obtener subsidios (1). Días antes, el secretario de Derechos Humanos de la Nación había recibido a representantes del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV), una asociación que reúne a víctimas de acciones violentas de las organizaciones armadas. La Secretaría salió rápidamente a aclarar que “no es tema de análisis” el pedido de imprescriptibilidad de los delitos comunes cometidos hace 40 años (2), uno de los objetivos del CELTYV. 

El 9 de julio de 2016, Bicentenario de la Independencia argentina, desfilaron gran cantidad de ex combatientes y veteranos de la guerra de Malvinas. La novedad fue que en Tucumán, frente al Presidente, lo hicieron participantes en el Operativo Independencia (la operación de “aniquilamiento” del foco guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo en Tucumán lanzada en 1975, un verdadero laboratorio de las prácticas del terrorismo de Estado). En la ciudad de Buenos Aires participó Aldo Rico, el jefe de comandos veterano de Malvinas que organizó el alzamiento carapintada de 1987 contra el gobierno democrático de entonces. Estos desfiles fueron vistos como una reivindicación por los acusados de violaciones a los derechos humanos. Así lo manifestó Ernesto “Nabo” Barreiro condenado en el Juicio de La Perla (Córdoba): “Tuve una profunda emoción cuando vi desfilar el 9 de julio a mis camaradas del monte y de la ciudad, los del Operativo Independencia, de Malvinas, de La Tablada… Así que estoy seguro de que tarde o temprano nos verán desfilar a muchos de nosotros frente al pueblo de nuestra querida patria. […] Así por fin, las sombras tenebrosas del efímero relato serán borradas para siempre por el sol perenne de la Historia” (3). 

Esos jalones tuvieron su ¿último exponente? en las recientes declaraciones televisivas de Juan José Gómez Centurión, actual titular de la Aduana, en las que relativizó la idea de un plan sistemático terrorista por parte del Estado y la cifra de los treinta mil desaparecidos. También analizó la Guerra de Malvinas (en la que combatió como oficial y fue condecorado) sin tomar en cuenta el contexto en que se produjo y señaló que el alzamiento carapintada de 1987 (del que fue parte junto con Rico y Barreiro) no fue un intento de golpe contra el presidente Raúl Alfonsín (4). 

Su testimonio, producto de un intercambio con un grupo de periodistas, es una radiografía de ese pensamiento que hoy se siente habilitado a reclamar su espacio. En un programa televisivo de los domingos a la noche, disparó algunas definiciones tajantes que fueron cuestionadas por la periodista Romina Manguel. Todo comenzó cuando ésta planteó que “la dictadura fue parte de un plan genocida”. Gómez Centurión respondió: “En tu visión militante vos estás diciendo que fue un plan genocida y yo no comparto esa visión de la historia”. Para el titular de la Aduana “no es lo mismo 8.000 verdades que 22.000 mentiras”, poniendo en tela de juicio la cifra de 30.000 desaparecidos que es hoy un emblema social. Afirmó que el golpe fue “una reacción absolutamente desmedida sobre un plan de toma del poder” de las organizaciones armadas. Cuando le señalaron que la sistematicidad del plan terrorista estatal había sido probado en juicios, reforzó que no creía que “el gobierno de facto haya sido un plan sistemático” y señaló que en cuanto a los juicios, algunas sentencias sí lo habían probado, mientras que “otras sentencias no, y la mayoría están sin sentencia”. Prosiguió diciendo que “plan sistemático… son adjetivos” y que “objetivamente, la realidad es otra”. 

Para Gómez Centurión, el de 1976 “fue un torpísimo golpe de Estado tomando el poder lidiando con un enemigo que no sabían cómo manejarlo y que habían arrancado en el 75 con una orden constitucional de aniquilamiento”. El argumento de la orden de represión por parte del gobierno justicialista de 1975 ya había sido utilizado en el Juicio a las Juntas para avalar lo realizado. Para Gómez Centurión, las víctimas de la represión se debieron a un problema metodológico: “La descentralización de la lucha lo que generó fue un [...] modelo caótico de conducción de la guerra” (durante la dictadura, el Documento Final del gobierno militar, preludio a la autoamnistía, habló de “errores” y “excesos”). La caracterización de la represión ilegal como guerra –planteada abiertamente entre 1976 y 1983, y sotto voce desde entonces–, reemergía como se lo representan muchos de sus protagonistas, como una guerra con características especiales, una “guerra sucia” para salvar a la patria. Por eso, Gómez Centurión pudo concluir: “Lo que ocurrió en los 70 fue una desgracia. No hay nada para reivindicar, ni de un lado ni del otro”, como si “ambos lados” fueran equiparables. 

En cuanto a la Guerra de Malvinas, en la que participó, Gómez Centurión relativizó la figura del general Leopoldo Galtieri, máximo responsable argentino, ante el peso del reclamo histórico: “El rol de Galtieri en la Historia va a desaparecer en la causa Malvinas. Malvinas tiene que ver con lo que pasó en 1833 y no con la decisión de Galtieri”. Cuestionado acerca de cómo afirmaba que el presidente de facto no tenía que ver, respondió: “Iba a ser Galtieri o iba a ser el Pato Donald”. 

Gómez Centurión señaló que esas eran sus opiniones, y que lo importante era debatir. Enfatizó que “parte del cambio es salir de la modalidad de lo políticamente correcto”. Otros funcionarios se apresuraron a aclarar que esas opiniones no expresaban el punto de vista del gobierno del que Gómez Centurión es funcionario. En otra emisión del mismo programa, Lopérfido señaló que reivindicaba el “derecho a opinar” y la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, llamó a “no penalizar al que piensa distinto”. Sin embargo, el terrorismo de Estado no es una cuestión de opiniones, sino algo probado por la justicia. Gómez Centurión se disculpó a título personal, pero no se desdijo. 

Vulgata 


Estas manifestaciones reflejan una mirada sobre el pasado reciente que se consolidó desde el golpe de 1976, pero que abreva en tradiciones de pensamiento más antiguas, entre ellas la que responsabiliza de la violencia siempre a la izquierda, a la que confina en el papel de la revulsión y la ilegalidad.En este discurso, que llamé anteriormente vulgata procesista, se reivindica el accionar represivo por oposición a la violencia de las organizaciones guerrilleras. Desde 1983, la vulgata se reforzó con la idea conspirativa de que cuenta “lo que no se ha dicho hasta ahora”, la “verdad oculta” (5), mientras repite los argumentos de los militares en el Juicio a las Juntas, cosa juzgada. En este relato, la narración califica genéricamente a la violencia política como “terrorismo”. Además, el sincretismo entre “violencia política” y “terrorismo”, y entre éste y Montoneros o ERP, hace que todas las formas de militancia política con esa identidad pasen a ser lo mismo, y todos sus militantes, “terroristas”. Es la herencia de la estigmatización de la política durante la dictadura militar. 

Durante la dictadura y los primeros años de la democracia se estableció la imagen de la “subversión”, como un concepto genérico que comprendía no sólo la violencia armada sino también cualquier forma de actividad política, sindical y cultural. Desde 1983, esta visión no fue cuestionada, sino desplazada por el énfasis en las víctimas del terrorismo de Estado y las violaciones a los derechos humanos. Ese proceso simbólico, que tuvo su gran pico de divulgación con el Juicio a las Juntas, generó en los militares que dejaron el poder la sensación de que habían “perdido la batalla ideológica”." 

Ese es, precisamente, su reclamo actual. Y para hacerlo, utilizan en sus pedidos de justicia todas y cada una de las instancias y posibilidades que les negaron a sus víctimas hace cuarenta años. Fueron ellos mismos, los militares, quienes, al optar por la metodología clandestina represiva, con el ocultamiento de los cuerpos, los que definieron para siempre la imposibilidad de una equiparación jurídica entre los actos violentos de la guerrilla y los que ellos, como fuerzas del orden, realizaron. Impugnan las condenas en los Juicios, y la consiguiente condena social, refiriéndose a los hechos de sangre producidos por la guerrilla. Se aprovechan de que esa es una cuestión aún no saldada por nuestra sociedad y buscan presentar la violencia fuera de todo contexto histórico que pueda explicarla. 

Hacer esto, precisamente, es fundamental. Porque impactados por la violencia que vivimos en los “años setenta”, aún no la vemos como fundante de los límites de nuestro país del presente. La condena a la violencia que suscribimos fervorosamente a partir de 1983 parece olvidar que la democracia vigente se fundó mediante el arrasamiento a sangre y fuego no sólo de las organizaciones armadas, sino también de militantes obreros, activistas populares y, con ellos, de conquistas populares construidas durante décadas. 

La política de derechos humanos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández impulsó un gran proceso de revisión del pasado, y avivó el rechazo de quienes se sienten más expresados en el relato negacionista. Para ellos, los juicios a los represores pasaron a ser actos de venganza. Tras el Juicio a las Juntas de 1985, los sectores procesistas habían logrado cierta impunidad, desde mediados de 1980 hasta 2003, con el jalón imperdonable de los indultos menemistas. La política de Estado de Néstor Kirchner significó una ruptura con esa evolución para ellos favorable. 

El kirchnerismo nunca reivindicó lo que definió a las organizaciones revolucionarias, que fue la lucha armada. Cuando asumió, Kirchner se definió como “parte de una generación diezmada” cuyos valores no pensaba “dejar en la puerta de la Casa Rosada”. Al comienzo de su gestión, el eje de la pertenencia que reivindicaba se concentró en la revalorización del idealismo y la entrega de la generación de los militantes, y en el impulso a las políticas de memoria y justicia que habían sido patrimonio de los organismos de DD.HH. 

No obstante, esos gestos presidenciales, incompletos, parciales, a veces malversados, que abrieron la posibilidad de la revisión crítica y judicial del pasado, fueron vividos como una amenaza por quienes reivindicaban la dictadura militar y generaron respuestas por quienes vieron afectados sus intereses. 

Para leer al Pato Donald 


A finales de 2014, a partir de un convenio con el Ministerio de Educación de la Nación y la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), un grupo de especialistas realizó una encuesta a 1.877 jóvenes de escuelas secundarias de todo el país para analizar el impacto de las “políticas públicas de memoria” (6). Constataron que “el 87,4% de los estudiantes escuchó hablar sobre los desaparecidos”. El 70% reconoce su condición política, “aunque no mencionan identidades políticas sino que muchas veces lo hacen desde categorías del presente”; por ejemplo, “lucharon por la democracia”. En cuanto a la responsabilidad de la violencia, el 78,6% menciona a militares y fuerzas de seguridad, mientras que sólo el 2,3% menciona a “guerrilleros y/o subversivos”. Más llamativo es que apenas el 4,4% de los consultados menciona como responsables del golpe a “los empresarios, el poder financiero, la Iglesia, los medios y las potencias extranjeras, todos juntos.” En cuanto a Malvinas, el 96% sabe que ocurrió la guerra, pero “aparecieron serias dificultades para pensar la relación entre la guerra y la dictadura”. 

La encuesta muestra que una elevada proporción de los consultados reconoce la responsabilidad de la violencia en los militares. Muchos menos parecen capaces de pensar en su instrumentalidad: violencia para qué, para construir qué tipo de país y, mucho menos, quiénes se beneficiaron de la matanza. Podríamos pensar, entonces, que el énfasis de los negacionistas en la violencia guerrillera de los 70 busca evitar una revisión de la historia. No quieren que quede claro quiénes triunfaron socialmente gracias al golpe de los uniformados, que actuaron como su brazo armado. Las disputas se reducen, en consecuencia, a salvar la historia personal, manchada por crímenes aberrantes cometidos en nombre de la Patria. Los acusados, con sus reclamos, siguen siendo funcionales a los verdaderos beneficiarios de la dictadura cívico-militar, que aún hoy, en esta joven democracia, mantienen posiciones claves de poder. 

Es chocante la banalidad con la que alguien que vio caer a sus hombres en Malvinas puede decir que la decisión del desembarco la podría haber tomado un general que ejercía la presidencia de facto, o el Pato Donald. El personaje de Disney no podía declarar un conflicto y mandar a la muerte a centenares de jóvenes. Las instituciones militares no llevaron al poder a una caricatura sino a quienes tomaron decisiones nefastas de consecuencias deplorables. Fueron responsables, han debido hacerse cargo, y eso no se borra con burlas. Quien trivializa el debate con socarronería lo hace porque no está dispuesto a revisar su propia conducta. Busca presentar su negacionismo como una mera cuestión de opinión. Pretende dejar de lado “los detalles” ante los fines supremos (la Patria, la Nación, el territorio), pero busca sobre todo evitar una revisión de la sociedad desigual que fundó nuestra incipiente democracia. 

http://www.eldiplo.org/213-derechos-humanos-cuestion-de-estado/por-que-vuelven-los-70/