viernes, 8 de julio de 2016

El debate de la Independencia. Bicentenario, entre el pasado y el futuro. Por Fabio Wasserman.


Bicentenario, entre el pasado y el futuro

En la tercera entrega de la serie elaborada por un grupo de historiadores coordinado por Sergio Wischñevsky, Fabio Wasserman parte de la polémica desatada por la invitación a Juan Carlos I para analizar las implicancias de las presencias y sobre todo las ausencias en la conmemoración de este Bicentenario.


La decisión del gobierno nacional de invitar a Juan Carlos I para que participe en la conmemoración del bicentenario de la independencia, provocó el rechazo de un sector de la sociedad y dio lugar a una polémica sobre su significado político. Se trata de una discusión legítima, pero que puede hacer perder de vista algo que quizás sea tanto o más relevante en términos político se históricos: las ausencias. Según trascendidos publicados por la prensa y que no fueron oficialmente desmentidos, el macrismo decidió restringir las invitaciones alegando que el acto será modesto y que la sala en la que se juró la independencia tiene poca capacidad. De ser cierto, se trataría de un argumento pueril, pues resulta evidente que el criterio de selección no es protocolar, y que es en clave política que deben ser interpretadas tanto las presencias como las ausencias. Algunas de estas últimas han sido señaladas por la prensa, como la de los expresidentes argentinos, quienes no fueron convocados para “no generar discordia”, apelando al curioso argumento de que así se fortalecería la unidad nacional. Pero hay otras de las cuales se ha dicho poco y nada, y es la de los presidentes latinoamericanos pues, al parecer, sólo la chilena Bachelet y el paraguayo Cartes participarán de la ceremonia. Dejando de lado las consideraciones que puedan hacerse sobre las alianzas internacionales pergeñadas por el gobierno de Macri, lo cierto es que si hay un mandatario que por razones históricas debería estar presente, ese sin duda es Evo Morales, ya que en el Congreso de Tucumán también estuvieron representados algunos pueblos altoperuanos que hoy integran el Estado Plurinacional de Bolivia. 

Ahora bien, más allá de que quizás finalmente participen otros mandatarios latinoamericanos en los festejos, en este punto no deberíamos recargar las tintas sólo en el actual oficialismo. Es que la omisión de Latinoamérica en general, y de Bolivia en particular, incluso en las discusiones suscitadas en estos días, revela algunos rasgos profundos de la sociedad argentina. Entre otros, la forma parcial, fragmentada y anacrónica con la que miramos el proceso revolucionario e independentista. En ese sentido nos parece natural que el 9 de julio se declaró la independencia de la nación Argentina, completando así la revolución comenzada el 25 de mayo de 1810. Sin embargo, al iniciarse la revolución no era tan claro que su propósito fuera declarar la independencia, cuestión sobre la que sus principales protagonistas tenían distintas posiciones. Más importante aún, en el Congreso de Tucumán no estaba representada la nación argentina sino algunos de los pueblos que habían formado parte del Virreinato del Río de la Plata, cuyos diputados proclamaron la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica. Esto implica algo que es tan sencillo de decir, como difícil de admitir: en ese entonces no existía la nación argentina y tampoco estaba destinada a constituirse como tal. Pero no se trata tan sólo de que tenía otro nombre, o de que su territorio no se correspondía con el actual, sino de una diferencia radical en la forma de concebir a las comunidades políticas, pues aún no se había formulado el principio de las nacionalidades según el cual las naciones constituyen la expresión política de pueblos poseedores de rasgos distintivos, una historia en común y un territorio propio. Los sujetos políticos eran los pueblos, es decir, las ciudades o provincias que se consideraban soberanas, libres e independientes, y que por eso podían acordar o no su integración en una nación según su voluntad e interés. 

Para entender este proceso debemos remontarnos a 1808, cuando la monarquía española se sumió en una profunda crisis como consecuencia de las Abdicaciones de Bayona y la ocupación francesa. En esas circunstancias, los pueblos españoles crearon juntas que reasumieron la soberanía provisoriamente y lucharon por su independencia. Los criollos, por su parte, apoyaron a esta lucha, ya que si bien tenían razones para criticar a las políticas de la corona, lo cierto es que se consideraban miembros de la nación española y solían identificarse como españoles americanos. Esto comenzó a cambiar con gran rapidez a partir de 1810, cuando el triunfo de las armas francesas provocó la disolución de la Junta Central que había asumido el gobierno de los dominios de la monarquía española. En varias ciudades de América se crearon juntas que asumieron provisoriamente la soberanía en nombre del pueblo y del monarca cautivo, tal como sucedió en Buenos Aires en mayo de 1810. Fue entonces que comenzó a plantearse la independencia de los pueblos americanos. Sin embargo había divergencias en cuanto a sus alcances, pues la independencia podía tener distintos significados y usos que expresaban también diversas alternativas políticas. Mientras que algunos actores aspiraban a una mayor autonomía dentro del orden monárquico, o a dejar de depender de las capitales virreinales o intendenciales, como ya lo habían intentado las juntas de Charcas y La Paz en 1809, otros pretendían asumir la soberanía plena para emanciparse. Esta última posición es la que se fue imponiendo al calor de la revolución y de la guerra. Ahora bien, aún entre quienes propiciaban una ruptura total había diferencias en relación a qué implicaba la independencia. Por eso se enfrentaron quienes proponían constituir una soberanía única y un poder centralizado, con quienes defendían la soberanía de los pueblos reunidos en una confederación como el artiguismo. 

En 1815 la revolución estaba desgastada por las divisiones políticas, ideológicas y regionales. Para peor, Fernando VII había recuperado el trono tras la derrota de Napoleón y contaba con el apoyo de las monarquías europeas para recuperar sus antiguos dominios, mientras que los otros focos revolucionarios americanos habían sido derrotados. Fue en esas difíciles circunstancias que se convocó a un Congreso en Tucumán para declarar la independencia y sancionar una constitución que les diera una organización política a los pueblos rioplatenses. El Congreso se integró con diputados de Buenos Aires, Córdoba, Catamarca, San Luis, San Juan, Mendoza, La Rioja, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, y de tres pueblos del Alto Perú: Mizque, Chichas y Charcas. La decisión de denominar Provincias Unidas en Sud América al nuevo cuerpo político que se quiso constituir al declararse la independencia,expresaba la posibilidad de incorporar a los otros pueblos que habían formado parte del Virreinato: los altoperuanos que estaban bajo dominio de las fuerzas virreinales peruanas; Paraguay que se había autonomizado; Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Misiones y la Banda Oriental (actual Uruguay) que integraban la Liga de los Pueblos Libres liderados por Artigas. 

Como sabemos, esto sucedería parcialmente. Tras años de enfrentamientos y de acuerdos, terminarían constituyéndose cuatro naciones independientes en lo que había sido el territorio del Virreinato del Río de la Plata: Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Pero contra lo que muchas veces se sostiene, esto no fue consecuencia de una conspiración para debilitar a los americanos del sur, ni el robo de territorios que supuestamente le pertenecerían a la nación Argentina, ni una obra de la providencia como argüía Mitre, sino el resultado de procesos históricos que podrían haber tenido otros desenlaces. La historia nos puede servir entonces para recordar que cada momento del pasado fue también un presente en el que se plantearon distintos futuros posibles. En ese sentido, y pensando en las ausencias y en las presencias, la conmemoración de la independencia debería constituir un acicate para que en este difícil presente también podamos pensar el futuro que queremos para nuestra nación y para nuestro continente. 


* Historiador. Investigador del Instituto Ravignani (Universidad de Buenos Aires - Conicet). 


El debate de la Independencia. Un artista de la Revolución. Por Roberto Amigo.


Un artista de la Revolución

El autor de una de las primeras imágenes del general San Martín, el correntino Manuel Pablo Núñez de Ibarra, platero de origen, incorpora a su obra inicial religiosa los símbolos de la revolución independentista.


Uno de los escasos artistas tardocoloniales activos en Buenos Aires durante los primeros años republicanos es el correntino Manuel Pablo Núñez de Ibarra (1782-1862), un grabador formado en el horizonte cultural legado por las misiones en la región. En su familia –según el Interrogatorio de limpieza de sangre de 1812– había religiosos y frailes dominicos y militares. Es decir, una familia criolla colonial, en la que sus miembros podían como mínimo acceder a la instrucción básica de entonces de lectura, escritura y gramática, con la opción alternativa del aprendizaje de un oficio que, en este caso, debe de haber sido con un platero. 

Por 1809, Núñez de Ibarra se establece en Buenos Aires (su mayor competencia es el potosino Juan de Dios Rivera, encargado de realizar el retrato de Fernando VII) y se dedica a burilar unas planchas de imágenes religiosas de devoción popular: Santa Rita, vencedora de imposibles y San Telmo, patrón de los navegantes. Entramos ya en el punto central: la conversión revolucionaria de nuestro artista, al que podemos ubicar como un exponente menor de la ilustración católica rioplatense. Entre los proyectos conocidos de Núñez de Ibarra figura el de establecer una fábrica de matrices de imprenta. La solicitud elevada al Cabildo en 1812 es un texto clave del período de transición entre la colonia y la república: Manuel Pablo Núñez de Ibarra se presenta como “vecino de esta corte y natural de estas Provincias”, y luego expresa “que inflamado de un verdadero amor patriótico, y con el conocimiento de cada uno de los ciudadanos americanos debe concurrir a prosperidad, fuerza y seguridad del Estado, según la posibilidad de su arte, ocupación, ejercicio o facultad”. Luego inaugura un tópico discursivo de nuestros artistas decimonónicos (y más de uno contemporáneo): el “talento” de los americanos para superar a los europeos con “protección, fomento y buenos modelos”. La instrucción de los jóvenes en un “arte tan esencial en la sociedad, tan recomendable en los imperios que nos han precedido y de tanta utilidad que nos ha sido para consolidar nuestro sistema de libertad y hacernos conocer a las potencias extranjeras por nuestra dignidad característica, por la sabiduría de nuestro gobierno y por la fuerza irresistible de nuestras armas”. Núñez de Ibarra presenta, sin éxito, doce letras vaciadas en “los mismos términos de las ideas extranjeras”, teniendo por consulta la Enciclopedia francesa. 

Esta preocupación técnica es compatible con la enseñanza del dibujo, que fue la ocupación principal del grabador, aunque siempre como asistente de las diversas escuelas que funcionaron en Buenos Aires desde la fundada por el Consulado.El dibujo era necesario para el desarrollo de los oficios, para “no necesitar de los extranjeros”, como Núñez de Ibarra plantea en el mencionado escrito, para que se destinen fondos públicos para su matricería. Manuel Belgrano, impulsor de la enseñanza del dibujo, elogió el empeño patriótico del grabador porque sus conocimientos son útiles “para formar hombres”. 

La formación de las almas estaba en marcha, sin los recursos económicos necesarios para lograrla; a los primeros emblemas de bandera y escudo debía sumarse un retrato heroico significativo que cubriese el vacío simbólico dejado por el retiro de la imagen del monarca español. Los triunfos sanmartinianos en Chacabuco y Maipú fueron una oportunidad inmejorable para que la Asamblea decretase: 

Art. 1: Con el objeto de establecer un monumento que perpetúe la gloria nacional adquirida en las expresadas victorias, se abrirá una lámina en cuyo centro resaltará el retrato del General Don José de San Martín teniendo a cada lado un genio. El de libertad ocupara el lado derecho, y el de la victoria el izquierdo, ambos con sus mismos respectivos atributos en una de las manos, y son sostenidos con la otra una corona de laurel algo levantada sobre el retrato, al pie de este pondrán los trofeos militares correspondientes dominados por las banderas nacionales de Chile y este Estado: a su contorno se pondrá la inscripción siguiente: La Gratitud Nacional al General en Gefe y Exércitos Merecedores en Chacabuco y Maypú. La vista de estas batallas y la de Los Andes ocupará la parte más visible y restante de la lámina. 

Art. 2: Se distribuirá un cuadro de esta clase a cada una de las capitales y ciudades subalternas del estado que deberán colocarse solemnemente en sus respectivas salas capitulares. 

La imagen heroica se comprendía desde la iconografía napoleónica, influencia a la que también había sucumbido la propia metrópolis española. Desde luego entre aquellos deseos de los congresales y la realidad había un buen trecho, ya que no existía en la ciudad ningún artista con la capacidad técnica necesaria para poder dar cuenta del programa visual del decreto. Núñez de Ibarra, con rápidos reflejos, propuso una lámina de San Martín al Cabildo para que “los Pueblos de la Unión” vean en “estampa y admiren las virtudes del que desearían conocer personalmente”; según el grabador la imagen del militar “inflamaría el corazón de los patriotas al mismo tiempo que causaba terror a los enemigos”. La propuesta presentada era un retrato ecuestre de cuerpo entero; para Núñez de Ibarra era una solución dejar de lado complicaciones alegóricas del decreto patriota: su dominio no le permitía resolver las relaciones entre las figuras secundarias de los genios y el retrato principal, sin mencionar lo complejo de la representación de las batallas militares. Al decidir una sola figura ecuestre, soluciona los problemas compositivos y puede trabajar con los grabados de los cuerpos militares como modelo. 

En este caso, la imagen más cercana es el figurín del oficial de húsares, formado durante las invasiones inglesas por Juan Martín de Pueyrredón, el director que apoyó luego la estrategia militar de San Martín. Las relaciones formales son notables, por lo que podemos afirmar la perduración de los modos de representar tardocoloniales en la primera iconografía patriótica. Es decir, un modelo dieciochesco español; la siempre mencionada iconografía napoleónica estaba presente en el imaginario y los deseos de las elites letradas más que en el oficio de los escasos artistas locales que permanecieron al inicio de la revolución. Los artistas trabajan desde aquello que conocen, y la visualidad de Núñez de Ibarra es la del régimen colonial tardío y las influencias francesas dieciochescas sobre éste. 

Desde luego, en España existía una larga tradición, desde el Siglo de Oro, del retrato ecuestre imperial, pero ya en el siglo XIX el retrato ecuestre de jefe de milicias alcanza un desarrollo notable, distanciado de aquel modelo regio; por ello el legado napoleónico es difícil de cuantificar, ya que se sincretiza con corrientes locales peninsulares. ¿Es factible ubicar el retrato ecuestre de San Martín, de Núñez de Ibarra, en el contexto de las estampas de guerrilleros españoles? No tenemos registro de circulación local de los grabados de Mariano Brandi con los retratos ecuestres de Juan Martín Diez, “el Empecinado”, o Julián Sánchez, “el Charro”, combatientes contra los franceses y, en el caso del primero, contra la monarquía de Fernando VII durante el levantamiento de Riego. 

La ausencia de tensión en el discurso de Núñez de Ibarra entre su carácter de ciudadano patriota americano, su intención de hombre ilustrado y su realidad como hacedor de estampas religiosas se ejemplifica en las restantes obras que sabemos de su autoría: los retratos de Manuel Belgrano de 1819 y 1820, el de Rivadavia y la estampa de la mayor devoción popular correntina, la Virgen de Itatí. Esta última está fechada en 1845, ya establecido el artista en su tierra natal, y es el retorno a las estampas religiosas de 1809: el círculo revolucionario ya se ha cerrado en forma definitiva. Paradójicamente, su grabado de San Martín fue el modelo fisonómico para las litografías encargadas en París a ThéodoreGéricault, con vistas a un buen negocio, por el oficial Ambrosio Crámer, que en 1820 las comercializó en Buenos Aires. 

(1) En los datos y documentos citados, aunque no en la argumentación, sigo el ensayo monográfico de Rodolfo Trostiné El grabador correntino Manuel Pablo Núñez de Ibarra (1782-1862), Buenos Aires, s/e., 1953. El primero en recuperar la obra de Núñez de Ibarra es el dominico Fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar, Rasgos biográficos de Manuel Pablo Núñez de Ibarra, artista, educador y patriota correntino, Corrientes, Comisión de Homenaje a Cabral, 1913. 

(2) La litografías son Batalla de Chacabuco, Batalla de Maipú, San Martín y Belgrano. Véase Del Carril, Bonifacio, Géricault. Las litografías argentinas, Buenos Aires, Emecé Editores, 1989. 

* Historiador del Arte. Investigador del instituto de Desarrollo Humano UNGS y de la Facultad de Filosofía y Letras UBA. 

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-303615-2016-07-07.html

El debate de la Independencia. El desafío de la gobernabilidad. Por Alberto Lettieri.


El desafío de la gobernabilidad

En esta segunda entrega de la serie escrita por un grupo de historiadores coordinados por Sergio Wischñevsky, Alberto Lettieri describe el fuerte debate que se planteaba a partir de la necesidad de darle un sesgo definitivo al proceso iniciado en 1810 y al mismo tiempo ganar gobernabilidad.


La construcción de un orden político legítimo y los alcances territoriales de su autoridad constituyó tal vez el principal desafío que planteó la ruptura del Régimen Colonial. El abandono apresurado de la capital virreinal por parte del Marqués de Sobremonte desató una profunda crisis de legitimidad en la relación colonial. 
Su huída explicitaba los riesgos que implicaba la subordinación a un monarca que no estaba en condiciones de hacerse cargo de sus dominios. Si bien el Pacto Colonial preveía la retroversión de la soberanía en los pueblos para casos similares, la cuestión era mucho más compleja, puesto que legalmente esos pueblos sólo estaban articulados entre sí a través de la subordinación a un soberano común. 

¿Cuál era la mejor solución para garantizar la gobernabilidad? ¿Mantener artificialmente la sobrevida del orden precedente? ¿Establecer nuevos pactos coloniales con otros imperios europeos? ¿O reasumir la soberanía y avanzar en el camino de la Independencia? Para el 9 de julio de 1816 la respuesta que podía ensayarse sería aún incompleta. 

La Revolución en América 


En mayo de 1808 se creó la Junta Central de Sevilla, con el objetivo de articular un circuito de Juntas coloniales y movimientos de resistencia para preservar los derechos de Fernando VII y repeler la invasión francesa. Bernardo de Monteagudo se opuso drásticamente en su célebre “Silogismo de Caracas”: “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América? Las Indias son un dominio personal del rey de España; el rey está impedido de reinar; luego las Indias deben gobernarse a sí mismas.” 

Sin embargo, privaron posiciones más cautas que preferían aferrarse a los restos del andamiaje colonial. El 1 de enero de 1809 la asonada que pretendió reemplazar al Virrey Liniers por una Junta de Gobierno a nombre de Fernando VII presidida por el Alcade Martín de Alzaga fue derrotada por las milicias criollas, conducidas por Cornelio Saavedra. En el mes de Junio, la Junta Central de Sevilla designó a Baltasar Hidalgo de Cisneros como nuevo Virrey. 

Otros estallidos no tardaron en producirse. El 25 de mayo de 1809 la Revolución de Chuquisaca destituyó al Gobernador Real y designó una Junta de Gobierno a nombre de Fernando VII. A mediados de Julio, la escena se repitió en La Paz. Si bien ambas fueron aplastadas, el espíritu revolucionario sobrevivió. 

La caída de la Junta Central de Sevilla, en 1810, aceleró el trayecto revolucionario. El 25 de mayo, el Cabildo Abierto de Buenos Aires designó una Junta de Gobierno encabezada por Cornelio Saavedra. Ya que el Cabildo sólo tenía facultades sobre la ciudad y su ejido, pretendió justificar la decisión apelando a dos argumentos clave: la asunción del gobierno a nombre de Fernando VII a los fines de preservar sus intereses -conocido como la “máscara” de Fernando VII- y su pretendida condición de “hermana mayor y guía de las Provincias” y capital virreynal, sostenido por Juan José Paso. 

La tesis de la “máscara” contaba con el favor de la diplomacia británica, que no podía aprovechar el cautiverio de su ahora aliado Fernando para alentar la atomización de sus dominios, ni mucho menos para apropiarse de ellos. La de la “hermana mayor” era mucho menos sólida, ya que antes de 1776 –un puñado de años atrás– Buenos Aires no había sido más que un fuerte marginal en territorio americano. 

Las resistencias encontradas motivaron dos líneas de acción posible. La de Saavedra, consistente en invitar a los Cabildos del territorio Virreinal a enviar representantes, a los fines de conformar una Junta Grande provista de legitimidad indubitable y la centralista, sostenida por los morenistas, el comercio de Buenos Aires y la diplomacia británica, interesados en que Buenos Aires asumiera el papel de nueva metrópoli. Quedaba claro que sólo la guerra viabilizaría esta opción, y a los fines de justificarla fue redactado el legendario “Plan de Operaciones”. 

La fragmentación territorial y la guerra se impusieron en el territorio americano. No faltaron los experimentos políticos, aunque sus resultados fueron acotados. Entre ellos se destaca la Asamblea del Año XIII, que avanzó en la proclamación de símbolos nacionales, una creciente autonomía administrativa y la libertad de vientres, pero rápidamente comenzó a languidecer, hasta disolverse en 1815 sin haber concretado la sanción de la Independencia. Tampoco los Triunviratos ni el Directorio Supremo consiguieron resolver el problema de la gobernabilidad. La alternativa de una solución confederal, sostenida por Artigas, resultaba difícil de digerir para una dirigencia porteña, al punto de realizar cualquier sacrificio -desde ofrecerle la independencia a la Banda Oriental hasta propiciar la invasión portuguesa- a condición de desembarazarse del incómodo Protector de los Pueblos Libres. 

Los ritmos de la Revolución estaban muy condicionados también por la evolución del proceso europeo. La sucesión de derrotas napoleónicas posibilitó la sanción de la Constitución liberal de Cádiz de 1812 y, poco después, el Tratado de Valencay de 1813, que repuso en el trono español a Fernando VII. Sin embargo, su determinación de reimplantar la monarquía absoluta causó estupor en el Río de la Plata, donde no se advertía disposición alguna a retornar a los tiempos coloniales. El 29 de junio de 1815 Artigas reunió al Congreso de Oriente, que manifestó la voluntad independentista de las Provincias del Litoral. 

Desde Buenos Aires fueron enviados a Europa Sarratea, Belgrano y Rivadavia, previo paso por la Corte paulista, para dialogar con la Infanta Carlota. Sus instrucciones: garantizar la “independencia política de este Continente, o a lo menos la libertad civil de estas Provincias”. Debía negociarse con España e Inglaterra, sin descartar a Rusia, Francia, Alemania y Estados Unidos. Se trataba de negociar una monarquía constitucional, ya fuera con Fernando VII o con otro príncipe o princesa, en tanto se garantizara el gobierno autónomo de las Juntas americanas. La entronización de un príncipe incaico y la vía republicana se mantenían como opciones a considerar en caso de fracaso de las tratativas. 


El Congreso de Tucumán: “fin de la revolución, principio del orden” 


Los enviados retornaron con las manos vacías cuando el Congreso de Tucumán estaba a punto de iniciarse. En las reuniones preliminares los congresales suscribieron un manifiesto en el que denunciaban su propósito último. Su consigna: “fin de la revolución, principio del orden”. Luego de mantener una reunión informativa sobre la situación internacional con Manuel Belgrano –quien sugirió la opción de la monarquía constitucional incaica–, el 9 de julio de 1816 se procedió a proclamar la Independencia de España a nombre de las Provincias Unidas de Sud América. Diez días después se agregó la frase: “y de toda dominación extranjera”. 

Los argumentos de José de San Martín también fueron determinantes. “¿No le parece a usted –le escribía a Godoy Cruz– una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo?¿Qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos.” 

A inicios de 1817 el Congreso debió trasladarse de apuro a Buenos Aires, a consecuencia de las contingencias de la guerra. La Proclama de Independencia, publicada en castellano, quichua y aymará, era generosa en sus ambigüedades, ya que no incluía modelo estatal ni límites territoriales, ni tampoco resolvía la cuestión de la forma de gobierno. Esas definiciones deberían ser el resultado de consensos y confrontaciones posteriores, una vez que las guerras hubieran concluido., tal vez aceptando el consejo del Gral. José de San Martín: “Seamos libres, lo demás no importa nada”. El tiempo y la sangre resolverían el resto. 


* Doctor en Historia, Conicet. 

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-303614-2016-07-07.html

El debate de la Independencia. Furores plebeyos, temores elitistas. Por Raúl Fradkin.


Furores plebeyos, temores elitistas

Se quiere presentar muchas veces la declaración de la Independencia como fruto de unión y consenso. Para Fradkin, por el contrario, la independencia proclamada por una revolución amenazada fue producto de conflictos políticos y sociales.



Convendría estar prevenidos: la ritualidad conmemorativa y los anodinos discursos de ocasión buscan domesticar la memoria colectiva. Algunos quieren hacernos creer que la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica –no olvidemos que eso fue lo proclamado en 1816– habría sido fruto de la unión y el consenso y no el producto de intensos conflictos políticos y sociales. 

Hacia 1816 la revolución rioplatense afrontaba múltiples dilemas y amenazas. El Congreso reunido en Tucumán tenía que resolver cómo continuar la guerra y asegurar la independencia que había proclamado, mientras enfrentaba a los Pueblos Libres que, liderados por José Gervasio Artigas, ofrecía una dirección alternativa a la revolución. Pero también tenía que resolver un acuciante problema: ¿qué hacer con la generalizada crisis de autoridad y la activación política de amplios sectores sociales?. 

Conviene, entonces, prestarle atención a los temores que se suscitaban en las elites y leer desde esa clave el manifiesto que el Congreso emitió el 1º de agosto: “el estado revolucionario no puede ser el estado permanente de la sociedad” proclamaba y se atrevía a anunciar una nueva era: “Fin a la revolución, principio al orden”. Constituirse en la única autoridad suprema era su prioridad; por eso, la independencia debía poner fin a la revolución. 

Entre integrantes de los grupos elitistas que emigraron a Río de Janeiro tras haber sido desplazados del poder en Buenos Aires o Montevideo había preocupaciones análogas. Sin embargo intentaban resolverlas mediante otra opción política: llegar a un acuerdo con el rey repuesto en el trono y propiciar que la Corona portuguesa emprendiera una invasión “pacificadora” del Río de la Plata. Los motivos los expresó con claridad Nicolás de Herrera en un extenso memorial: la revolución había dividido “a los blancos” y ambos bandos cometieron el error de acostumbrar “al Indio, al Negro, al Mulato a maltratar a sus Amos y Patronos” para enfrentar a sus oponentes; pero habían escapado a su control y “el odio del populacho y la canalla” se desplegaba contra todos los “superiores”. Había algo más: los criollos cometieron la “imprudencia” de difundir “las doctrinas pestilentes de los Filósofos” y sus “quimeras” y el resultado no podía ser más peligroso: “El dogma de la igualdad agita a la multitud contra todo gobierno, y ha establecido una guerra entre el Pobre y el Rico, el amo, y el Señor, el que manda y el que obedece.” 

Estos temores iluminan lo que estaba en juego: los sectores populares movilizados por la revolución no eran simplemente espectadores de lo que estaba sucediendo y tampoco eran fácilmente manipulables o mera carne de cañón para la guerra como tantas veces se ha dicho. Por el contrario, se apropiaron del discurso revolucionario, le dieron otros sentidos y lo esgrimieron para legitimar sus reclamos y aspiraciones. Ese era el mayor dilema de la dirigencia revolucionaria: sin ellos no podían ganar la guerra pero temían que esa movilización amenazara el orden social. 

La crisis de la independencia resulta, entonces, un momento particularmente rico si se entiende sólo a las ideas y proyectos de los líderes. La historiografía reciente se ha ocupado de indagar las que podían anidar en las clases populares y las evidencias revelan un universo extremadamente variopinto. Por lo pronto, que el inicial antagonismo entre “españoles europeos” y “españoles americanos” se transformó rápidamente en una confrontación que incluyó entre los “americanos” a los “naturales”, a las plebes y a las castas y gestó una nueva identidad colectiva de neto contenido político. 

Los efectos fueron múltiples pero conviene subrayar uno: la “insolencia”, “altanería”, “insubordinación” y “desobediencia” de los sujetos populares, para decirlo con el lenguaje de las elites. Esas actitudes expresaban la intensa politización de la vida popular, el resquebrajamiento de la deferencia y cómo la “igualdad” –un componente central del discurso revolucionario– se convirtió en herramienta de impugnación de las jerarquías heredadas. 


Las evidencias son diversas, fragmentarias y dispersas: se encuentran en los insultos, en la frecuente desobediencia de las tropas, en los gritos de los tumultos o en el hostigamiento callejero. “Ahora gobernamos los negros a los blancos” podían decirles los guardias a un oficial español prisionero expresando más un deseo que una realidad; pero esas actitudes son las que hacían creíbles algunos rumores que circulaban entre “negros” y “mulatos”: había llegado el momento de “matar a todos los españoles” y que no eran muy distintos de los sentimientos que incentivaban los pasquines que aparecían. 

Pero, en cada lugar, las disputas políticas adquirieron perfiles y contenidos diferentes de acuerdo a las tensiones sociales y raciales que en cada una imperaban y que la crisis revolucionaria había politizado. Claramente, lo expresaban, por ejemplo, las denuncias de las autoridades de Corrientes: los indios y campesinos sublevados ya no distinguían entre “europeos” y “patricios” y como estaba sucediendo en todo el litoral sus acciones amenazaban a los grupos propietarios y en ocasiones “a todos los blancos”. 

De esas tensiones y sentimientos dio cuenta el Reglamento para el fomento de la ganadería y redistribución de las tierras que emitió Artigas en 1815: las tierras a distribuir serían las que pertenecían a “los malos europeos y peores americanos”; los beneficiados deberían ser “los más infelices”, es decir, “los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres.” 

Lo que estaba sucediendo en el litoral rioplatense sería incomprensible sin considerar el protagonismo indígena y, en particular, la alianza de los pueblos misioneros con Artigas. Por eso, en el área misionera el antagonismo entre “americanos” y “europeos” y entre federales y centralistas se transformó en una confrontación social e inter-étnica creando las condiciones para que se produjera una revolución muy diferente que amenazaba con “pasar a Cuchillo a todo Blanco”. Esa insurrección no solo expandió la influencia de Artigas por todo el litoral sino que significó una revolución en el gobierno de los pueblos y dio lugar al intento de reconstruir la antigua provincia jesuita, pero sin jesuitas ni dependencia de España, Portugal, Asunción o Buenos Aires y bajo la conducción indígena. 

Hubo, entonces, otras revoluciones posibles, deseadas o imaginadas, muy distintas y más radicales de aquella que el Congreso quería dar por finalizada. Fueron revoluciones derrotadas, en buena medida por las condiciones que impuso la invasión portuguesa y el apoyo que obtuvo entre sectores elitistas o el aprovechamiento que hicieron de ella. Contra esa invasión se libró otra guerra de independencia que la recortada memoria histórica argentina suele olvidar. Pero ni la derrota ni la frustración de esas aspiraciones populares justifica olvidarlas. Y a la hora de conmemorar el Bicentenario convendría retomar una enseñanza del maestro Alfredo Zitarrosa; “hay olvidos que queman y memorias que engrandecen”. 


* Profesor Titular de Historia de América Colonia, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto Ravignani, UBA-Conicet. 


El debate de la Independencia. Un festejo sin pasado. Por Ezequiel Adamovsky.

Compartimos artículos periodísticos de Página/12 referidos al Bicentenario de la Independencia Argentina. A continuación, una interesante reflexión del historiador Ezequiel Adamovsky.

Un festejo sin pasado

Esta es la primera entrega de una serie que aportará otra mirada sobre el Bicentenario, proporcionada por historiadores de las universidades públicas convocados por Página/12. En este artículo, Adamovsky destaca dos aspectos que sobresalen en los festejos organizados por el gobierno de Mauricio Macri: poca referencia a la historia y la incomodidad con la figura de “patria”.


El desgano con que se preparó la conmemoración del Bicentenario fue notorio. “Austeridad”, fue la palabra clave que se transmitió a la prensa, como para bajar las expectativas desde temprano. Nada de fiestas públicas, nada de megaeventos, nada de calor popular. Apenas un par de actos protocolares enmarcados por desfiles militares y algún número artístico de baja producción. En la curiosa concepción desde la que se pensó la celebración, el evento conmemorado –la independencia– aparece apenas como una referencia difusa. Como explicó el secretario general de la Presidencia, Fernando de Andreis, pensaron en un festejo “que se proyecte hacia el país que podemos ser más que al que fuimos”. En otras palabras, por paradójico que parezca, se trata de una conmemoración que vuelve la espalda sobre el pasado que conmemora. La campaña publicitaria oficial en televisión y en medios gráficos convoca a encarar el futuro con optimismo, con frases como “no darnos por vencidos” porque “nos tenemos a nosotros, a 44 millones de argentinos”. “Todo es posible”, “lo que no existe podemos inventarlo”, “depende de nosotros” y otras por el estilo. Quitando dos, dedicadas a mostrar el retrato de Favaloro y un colectivo antiguo, el spot oficial sólo utiliza imágenes de lugares y de personas del presente (predominantemente de cabellos rubios). Del pasado, poco y nada. 

En esto, la de 2016 se parece a la conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo que Macri organizó seis años antes cuando era Jefe del gobierno porteño. También entonces los festejos se limitaron a una gala para ricos y famosos en el teatro Colón y una campaña de carteles callejeros invitando a celebrar supuestos “valores de Mayo”, como la “Convivencia” o el “Diálogo”, en verdad bastante ausentes en el clima de guerras sangrientas y furiosas pujas políticas de aquellos años. El pasado fue entonces, como ahora, puesto en segundo plano para priorizar en cambio los mensajes políticos del gobierno. Por supuesto, toda conmemoración tiene una dimensión política que conecta con las necesidades del presente (la del Bicentenario de Cristina Kirchner ciertamente la tuvo). Pero lo distintivo en este caso es la pretensión de no hablar siquiera del pasado, correrlo de la escena. 

A esta altura parece bastante claro que el macrismo tiene un problema con la historia. La vive como una carga, una mochila de la que mejor sería despojarse. En 2013 causó un revuelo cuando intentó reducir la cantidad de horas de enseñanza de Historia en las escuelas secundarias porteñas, quitando totalmente la asignatura en los últimos años. Y entre sus primeras medidas desde la presidencia decidió reemplazar las imágenes de los próceres en los billetes por las de animales de la fauna local (por un momento evaluó conceder ese honor a Arturo Frondizi pero la idea fue descartada por temor a las controversias). El cambio, explicó el Banco Central, se justificaba en la necesidad de encontrar un “punto de encuentro” para que “todos los argentinos puedan sentirse representados en la moneda nacional”. En otras palabras, buscar un tipo de identificación colectiva que prescinda del pasado. 

La animosidad de Macri por la historia puede tener varios orígenes. Seguramente influye el peso de las políticas de la memoria que supo darse la sociedad argentina, que hacen imposible dejar atrás, por caso, momentos traumáticos como los que marcaron los años setenta. Para un gobierno tan apoyado en la clase gerencial, el recuerdo constante de la complicidad de los empresarios durante la última dictadura (su propia familia incluida) no puede sino causar incomodidad. Proyectado hacia atrás, lo mismo vale para la mirada condenatoria que existe en nuestro país respecto de las clases altas y del liberalismo local por sus abundantes conductas antidemocráticas en diversos períodos de la historia. Nada de eso colabora con el proyecto político del macrismo. Y puede que también tengan su incidencia las religiosidades New Age que profesan el Presidente y otros miembros del PRO, que invitan justamente a liberar el espíritu de todo apego y atadura afectiva que pudiera interferir en su plenitud presente. Las solicitaciones emocionales del pasado, las nostalgias, acusaciones y pedidos de vindicación que hacen sentir, desde este punto de vista, aparecen como una carga. Mejor es siempre “mirar para adelante”. 

Pero puede que haya también algo más. Si Macri se muestra incómodo respecto de la historia es también porque lo perturba la propia idea de “patria”. Cabe recordar que en su asunción alteró sorpresivamente la fórmula protocolar que indica el artículo 93 de la Constitución. En lugar de jurar desempeñar su cargo “con lealtad y patriotismo”, lo hizo prometiendo “lealtad y honestidad”. Podría verse en eso y en todo lo demás apenas una respuesta en espejo al gobierno de Cristina Kirchner: si ella organizó una megacelebración, nosotros haremos algo austero; si en 2010 hubo narración, ahora no la habrá; si ella impuso el eslogan “Tenemos patria”, nosotros apelaremos a valores más temperados y módicamente republicanos. 

Si el distanciamiento respecto de la idea de “patria” y del panteón de próceres que la encarnan estuviese en función de una crítica de sus ribetes autoritarios, o del esfuerzo por alimentar solidaridades internacionalistas, no cabría más que festejar los cambios en el vocabulario y en las conmemoraciones que propone el actual Presidente. Pero es evidente que no viene por allí su incomodidad (como lo sugiere, por caso, la centralidad de los desfiles de bandas militares de varios países en este Bicentenario). 

La ofuscación de Macri con la idea de “patria” y con la historia nacional acaso venga de una incomodidad más profunda con ese “nosotros” popular concreto que se expresa –como no podría hacerlo de otro modo– a través de sus memorias múltiples, tanto las que remiten a las efemérides escolares como las que vienen de las experiencias de luchas de clase y de represiones. Molesta ese “nosotros” que se imagina no sólo en los retratos de San Martín, sino también en historias de Patagonias trágicas y de jóvenes acaudalados haciendo pogroms, de hacheros rebeldes y de dueños de ingenios azucareros despóticos, de Resistencias peronistas y de jóvenes que se vuelcan al marxismo en los años setenta, de desaparecidos y de luchas actuales que se conectan con las de ellos. Molesta la historia porque ese “nosotros” popular argentino está constituido por ella, atravesado por sus ramificaciones de un modo tal, que no es sencillo pedirle que se reconozca en algunas de sus memorias pero no en otras. Sería totalmente injustificado decir que Macri rechaza la idea de “patria” por no ser genuinamente argentino, que lo es, tanto como cualquiera de nosotros. Pero en su tensa relación con la historia, incluso en su forma de hablar, se nota una incomodidad que es también respecto de ese “nosotros”. No se explica de otro modo que, al menos en dos oportunidades , se haya dirigido en público a “ustedes, los argentinos” , un colectivo en el que la segunda persona del plural que decidió usar no lo incluye (y no hace falta ser un lingüista para darse cuenta). 

La fantasía de un país “liberado” de su historia, en definitiva, es la de poder celebrar un “nosotros” que no sepa reconocerse ya en memorias dramáticas. Un “nosotros” cuya consistencia esté asegurada en ciertos valores compartidos (como la “honestidad” o el “diálogo”) pero de coloración indefinida, buenos para un argentino tanto como para un noruego. Un “nosotros” que, como mucho, se dé por satisfecho de poder identificarse con los animalitos de su fauna autóctona. En definitiva, un “nosotros/ustedes” hecho de individuos sin marcas sociales o históricas específicas, una superficie plana y lisa comparable a cualquier otra, sin estrías, por donde el capital pueda circular sin fricciones ni obstáculos. 


* Historiador; investigador de Conicet y docente en UBA y Unsam.

domingo, 3 de julio de 2016

Reportaje al educador y sociólogo norteamericano Michael Apple





“Hemos conseguido que los niños odien leer”

El estadounidense Michael Apple, uno de los filósofos de la educación más importantes del mundo, advierte sobre los modelos educativos que está mirando Chile en su reforma, y sobre el peligro de los test. “Uno no es un número”, sentencia. Por Paula Molina // Fotos: Marcelo Segura Junio 24, 2016
“Me preocupa Chile”, dice Michael Apple. Se trata de uno de los principales filósofos de la educación en el mundo. Académico estadounidense, profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, Apple es uno de los principales teóricos de la pedagogía crítica de Paulo Freire, y la suya es una mirada inquisitiva sobre la educación en su país y en el mundo, similar a la que plantea Noam Chomsky en política. El profesor recibe a Qué Pasa en la capital chilena, hasta donde viajó para ser investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Santiago.

 —¿Qué le preocupa de Chile?

 —Chile ha liderado un tipo particular de reforma durante las últimas décadas, basada en los vouchers, la privatización, la profesionalización de los profesores, la selección de los alumnos. Bachelet está tratando de moderar y cambiar esas reformas. Es un paquete, pero algunos de sus elementos me preocupan. Uno de ellos es el de los vouchers. Está ampliamente probado que los vouchers no reducen la desigualdad y que, en el mejor de los casos, la mantienen. En Estados Unidos han tenido efectos muy perversos.

—¿Qué otro aspecto le inquieta?

—Lo que se llama la profesionalización de los profesores. Daré un ejemplo estadounidense, ya que Chile ha tomado mucho de allá, desde los Chicago Boys hasta su armamento. Allí Obama, a quien respeto, propuso que el salario de los profesores dependiera en parte de los resultados de las pruebas a los estudiantes. Pero ya sabemos, ampliamente, que si miro dónde vives y en qué trabajan tus padres, voy a ser capaz de predecir, con una pequeña variación estadística, cómo te va a ir en cualquier prueba que te tome. Aún así, el sistema hace que a los profesores sólo les preocupen las pruebas, y a los niños sólo se los prepare para contestarlas. Los profesores son menos profesionales, menos autónomos y la mayoría de los niños recibe una educación poco robusta, donde no se les enseña ciencia, ni arte, no leen nada importante, porque sólo los evaluamos según sus habilidades básicas en lectura y matemáticas. Miro a Chile con los ojos de muchos países, respeto las luchas por la democracia que aquí se han dado, pero me preocupa que en la reforma se incorporen ideas que vienen de EE.UU. o Inglaterra, cuando allá están en el debate.

 —¿Hacia dónde miraría usted, en cambio?

—Si Chile va a mirar a otros países, tiene que saber qué está pasando en ellos. En Inglaterra se está planteando convertir los colegios en “academias”, que dependan a nivel local, que compitan entre ellas en un sistema muy similar al que se impuso en Chile. Eso reduce el presupuesto público para educación, y favorece a los colegios privados y a las familias que pueden pagarlos. Sabemos que los barrios determinarán los resultados de los colegios. Sabemos que los colegios seleccionan a los alumnos, aunque el Estado lo prohíba. La idea del sistema es que los padres eligen, pero eso no pasa en ningún lugar del mundo. Los colegios eligen a los niños y a los padres.

—Descartamos Inglaterra entonces...

—Y claro, hay una nación que, se supone, valdría la pena mirar: Finlandia. He pasado mucho tiempo en Finlandia, y me parecería perfecto seguir su ejemplo, si Chile o Estados Unidos, que también ama a Finlandia, como casi todos los países, hicieran lo que ellos hacen: doblar o triplicar el sueldo de los profesores, pagar sus estudios de posgrado, permitir sindicatos poderosos. Y necesitaríamos además un sistema de seguridad social muy fuerte, para que la diferencia entre ricos y pobres sea pequeña. En Chile es enorme, igual que en Estados Unidos, donde además va en aumento. En Finlandia, si un padre queda sin trabajo, su hijo recibirá ropa de calidad, para que nadie sea marginado porque no tiene qué ponerse. Si quiero seguir el camino de un país, no sólo miraría su educación, sino todo lo demás.

—¿Miraría a otros países con buenos resultados?

—Primero, insistiría: los buenos alumnos y los buenos profesores no se miden en las pruebas. Yo nací muy pobre. Fui la primera generación de mi familia que terminó la educación secundaria. Y aquí estoy, soy un profesor. Así que yo sé que, a veces, las escuelas pueden compensar la pobreza. Pero también sé que la mayor parte del tiempo no pueden, a menos que la educación se vincule a otras reformas sociales. “La educación no debería tratarse sólo de pruebas, debería dar a los niños las habilidades para reflexionar sobre su vida, para pensar en su futuro y el de su nación. Si no, la educación sería una fábrica. Es en el colegio donde aprendemos a ser solidarios”.

 —¿Qué piensa del caso de Singapur?

 —En el caso de Singapur hay escuelas de élite, donde los alumnos reciben una educación creativa, interesante, orientada a formar doctores, políticos, abogados. El resto de la población es educado para responder las pruebas. Y luego tienes un enorme grupo de inmigrantes provenientes de China, India, Filipinas a cuyos hijos, simplemente, no se les toma la prueba. Shanghái es aun más interesante. Yo hice clases en Shanghái, que es una ciudad impresionante. Imagina una ciudad donde todos los edificios son como el que ustedes tienen en Santiago (la torre del Costanera Center). Se ve muy rico. Pero en China unos 300 millones de personas han migrado del campo a la ciudad. Y China desarrolló un sistema de pases de residencia para moverse de un lado hacia otro. Con los trabajadores hace vista ciega, porque necesita mano de obra, pero que no les permite traer a sus hijos a la ciudad. Los niños entran igual, pero quedan sin acceso a la educación. Los educan de forma ilegal, en fábricas viejas, en garajes sin calefacción. O los incorporan a programas de “educación especial”, pero en ningún caso rinden las pruebas. Sólo los niños que tienen permiso de residencia van a las escuelas públicas y dan las pruebas. Mi punto es que las mediciones pueden ser muy engañosas. Chile debe entender que si toma una idea de Singapur, o de cómo se enseña matemáticas en Shanghái, tiene que preguntarse cuánto sabe de esa sociedad.

 —¿Cuál es la alternativa a las pruebas estandarizadas para medir la educación?

 —Tenemos que encontrar formas distintas de evaluación. En Maine, Estados Unidos, sólo el 25% de la evaluación de niños y profesores se basa en sus resultados en las pruebas. El resto es observación, participación, se contempla el portafolio de los estudiantes, su desempeño en arte, poesía, su capacidad para escribir ensayos. Son evaluaciones que toman tiempo y trabajo. Pero los profesores sienten que se les trata como a profesionales, y no sienten que tienen una prueba sobre su cabeza cada día.

 —¿No hay nada que podamos aprender de los resultados de las pruebas?

 —Parte de la realidad se puede evaluar a través de números. En educación, los números son los test. Pero si usted le pide a alguien que evalúe su día, esa persona no le dará un número, le va a contar una historia. Uno no es un número, uno tiene un relato mucho más rico. No me opongo a la evidencia, pero los profesores y la comunidad deben debatir qué evidencia necesitan. Por qué resultados van a juzgar a los profesores. La educación no debería tratarse sólo de pruebas, debería dar a los niños las habilidades para reflexionar sobre su vida, para pensar en su futuro y el de su nación. Si no, la educación sería una fábrica. Es en el colegio donde aprendemos a cooperar, a compartir, a ser solidarios.

 —¿Qué pasa con los alumnos frente a las pruebas?

 —Incluso en los colegios donde les va bien, cuando les preguntan a los niños si les gusta leer, responden cosas como “no, lo odio”. El foco en los test genera una disposición negativa hacia el aprendizaje. Eso es lo que llamamos el “currículo oculto”. Los colegios harán cualquier cosa para mejorar su resultado en las pruebas, porque ellos y los profesores dependen de esos resultados y se ha convencido a los padres de que eso es lo único que importa. Pasa en Chile, Estados Unidos, Francia, Alemania. Lo que hemos conseguido es que los niños odian leer. Y luego nos preguntamos por qué, cuando tratamos de conversar con ellos, prefieren jugar Angry Birds. Porque les han dicho que leer no es algo valioso para ellos, que sólo vale para tomar una prueba

. —¿Cuánto hay de política en la educación?

—La educación siempre es política. Yo uso el concepto de “conocimiento legítimo u oficial”. De cientos y miles de cosas posibles, sólo elegimos algunas para enseñar a los niños. Esa elección es un acto político.

http://www.quepasa.cl/articulo/actualidad/2016/06/hemos-conseguido-que-los-ninos-odien-leer.shtml/

lunes, 20 de junio de 2016

20 de junio. Dia de la Bandera























































Oficio de Manuel Belgrano al gobierno de Buenos Aires, comunicándole que " siendo preciso enarbolar bandera", la ha mandado "hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional". Rosario, 27 de febrero de 1812.
Documenos Escritos. Sala X-44-8-29

Transcripción:
Excelentísimo Señor:
En este momento que son las 6 y 40 de la tarde, se ha hecho la salva en la batería de la Independencia y queda con la dotación competente, por los tres cañones y se han colocado las municiones y la guarnición.
He dispuesto para entusiasmar las tropas y estos habitantes que se formasen todas aquellas, y les hablé en los términos de la copia que acompaño.
Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de Vuestra Excelencia.
Dios guarde a Vuestra Excelencia, Rosario 27 de febrero de 1812.

Excelentísimo Señor
Manuel Belgrano
Excelentísimo Gobernador Superior de las Provincias del Río de la Plata


Extraido de la página web del Archivo General de la Nación